“Sigamos a Javier, así tropiece, así no haga goles, así no llegue a su primera cita”, nos recomienda el poeta Luis Cabrera Vigo. Yo me sumo a esta invitación. Seguir al protagonista de ADIÓS A LAS AULAS (libro publicado por Alfonso Sánchez Mendoza) es volver a los temores infantiles, a las complicidades escolares y a las derrotas que el tiempo convierte en anécdotas memorables.
Publicado recientemente por Nectandra Ediciones, este hermoso libro reúne once relatos que rememoran, a manera de estampas, la etapa escolar en el Trujillo de los años ochenta. Javier, el protagonista, crece entre la casa familiar, las calles, los arenales de un pueblo joven y el Colegio Nacional San Juan.
PRIMERAS LECCIONES
Pero ¡alto ahí! No estamos ante una mera recopilación de anécdotas escolares. Mediante sucesivos episodios, la obra configura un relato de formación. Javier aprende a convivir con el miedo, la culpa, la amistad, la lealtad y el amor. Cada experiencia confirma que también se aprende fuera de la escuela.
La primera lección sucede antes del colegio. En “El nudo en el zapato”, Javier, de cinco años, teme que una sombra lo arrastre durante el sueño y se golpea con un cepillo para no dormirse. La ternura con que su tía lo acuesta anuncia un motivo del libro: la fragilidad infantil encuentra refugio en los afectos.
La tía Mary es protectora, pero también la autoridad ante la cual Javier teme comparecer. En “El primer rojo”, obtiene un nueve en el examen de Lenguaje del profesor Cardoso y esconde la prueba. ¿Quién no ha sentido que una mala nota podía derrumbar el mundo? Tras la reprimenda y el estudio compartido, el veinte no importa tanto como el abrazo final.
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MIEDO Y HUMOR
La escuela aparece como un escenario social, con jerarquías y códigos de silencio. En “La gresca”, los alumnos encubren a dos compañeros, pero el auxiliar Medina sanciona al aula entera. El episodio revela esa lealtad adolescente tan entrañable.
En “Three three”, la lista de asistencia transforma al aula en un tribunal. Otiniano Aguirre debe decir en inglés el número treinta y tres. Pero se paraliza y solo responde: “Three three, teacher”. Las risillas emergen sin freno, pero detrás de ellas se agazapan los temores.
Algo semejante ocurre en “¡Aguántense!”. Javier declama un poema sobre un niño huérfano y, ante tantos rostros expectantes, se olvida de una parte. Los aplausos le devuelven la memoria y él grita: “¡Aguántense!”. Alfonso Sánchez nos muestra con esta reacción espontánea que el olvido se vuelve más humano gracias al humor.
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FUERA DEL AULA
Las aulas a las que alude el título del libro no son solo carpetas, exámenes y profesores. En “Los vendedores”, Javier y Luis recorren las calles de Cartavio ofreciendo un champú llamado “La Calera”. Allí conocen el esfuerzo de ganar dinero, pero también la facilidad de perderlo. La calle prolonga el aprendizaje.
En “Pelea de canes”, la rivalidad entre Ringo y Negro lleva el conflicto a los arenales. En “El asalto”, Javier miente a su padre para evitar que persiga a unos delincuentes. Ambas historias muestran la precariedad y la importancia de aprender a tomar decisiones.
Más complejo es el dilema de “Por tu madrecita”. Elmer convence a Javier para que rinda por él un examen de Matemáticas, invocando la salud de su madre. La compasión explica la conducta, pero no la justifica. Lealtad y norma entran en conflicto, y el relato deja una incomodidad que no deberíamos resolver con ligereza.
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HUELLAS ÍNTIMAS
Entre tantos aprendizajes, los libros nos dejan huella. Tras ser atropellado, Javier debe reposar dos semanas. En ese lapso, la lectura de “María”, de Jorge Isaacs (un regalo de su tía), se vuelve su mejor compañía.
“La primera cita” completa el recorrido con el primer amor. Javier y Viviana se conocen al tropezar y se acercan entre llamadas vigiladas y la ayuda de Roxana. La habitación de adobe de Javier contrasta con el cuarto alfombrado de Viviana. Sin discursos, el relato deja entrever una distancia social que la ilusión juvenil finge no verla.
Estos relatos fluyen con una prosa sencilla, evocadora y atenta a los objetos que activan la memoria. La leche con Milo, el teléfono público, las bicicletas Goliat, las bolsas de maíz y las monedas de una llamada reconstruyen una época memorable. Por otra parte, las ilustraciones de David Quezada Luján refuerzan estas evocadoras sensaciones.
CRÍTICA SUTIL
Esta cercanía es uno de los aciertos del libro, aunque también encierra su mayor riesgo. El libro evita ese peligro cuando deja aparecer la precariedad, las diferencias sociales, la violencia callejera, el autoritarismo escolar y los dilemas morales. No afirma que aquellos años fueran mejores. Solo nos recuerda que fueron nuestros.
“Adiós a las aulas”, de Alfonso Sánchez, nos invita a reconocer las huellas de la escuela en nosotros: un nueve escondido, un poema olvidado, un libro leído durante la convalecencia, una llamada hecha con monedas y una primera cita incierta. Javier se despide del colegio, pero nosotros sabemos que de las aulas nunca nos vamos.
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