En realidad, los autores y textos eran temas obligados durante nuestro paso por la secundaria, pero que ahora han desaparecido de los programas escolares de nuestro país.
En realidad, los autores y textos eran temas obligados durante nuestro paso por la secundaria, pero que ahora han desaparecido de los programas escolares de nuestro país.

Con motivo de su reciente participación en el Encuentro Internacional sobre Audición y Lenguaje realizado en Montevideo, por la Facultad de Psicología de la Universidad de la República, Zelmira Beatriz ha venido trayendo un conjunto de textos de poesía, cuento, novela, crónica, ensayo y otros géneros que ahora queremos compartir.

En realidad, los autores y textos eran temas obligados durante nuestro paso por la secundaria, pero que ahora han desaparecido de los programas escolares de nuestro país; por eso, vale la pena —creo— ofrecer este fresco recuento que nos hace reflexionar sobre la importancia de la literatura en nuestro sistema educativo.

JOSÉ ENRIQUE RODÓ: “ARIEL”

Integró la generación del 900, junto a las reconocidas figuras del narrador Horacio Quiroga; del poeta y militante de la misma escuela, Julio Herrera y Reissig; de las poetisas modernistas Delmira Agustini, Alfonsina Storni; aparte de otras figuras importantes de la misma generación como María Eugenia Vaz Ferreira y Florencio Sánchez.

“Ariel”, con el paso del tiempo, se ha convertido en la obra más leída y comentada de la producción del autor. Es la que lo identifica con un perfil de maestro en cuanto expresa la conciencia del autor sobre el valor de su libro. Es una “obra de acción y propaganda en favor de la intelectualidad y del arte, de acción, en favor de toda la idealidad generosa y también de la tradición y del porvenir de nuestra raza de América”, como escribió Rodó en emotiva carta dirigida a Antonio Rubio y Lluch.

En realidad, Ariel es un discurso académico que el autor calificó como oratoria sagrada, porque así entendía las palabras dirigidas a los jóvenes; por lo demás, el célebre libro puede considerarse también como ensayo o como “Sermón laico”, que es otra forma de calificarlo.

HORACIO QUIROGA: CUENTOS

El narrador nació en Salto, el 31 de diciembre de 1878. Fue el cuarto hijo de Prudencio Quiroga con Juana Patrona Forteza. El 14 de marzo de 1879 muere su padre al disparársele la escopeta con la que había ido a cazar al monte. En ese mismo año la madre y sus cuatro hijos viajan a Córdoba (Argentina) para atender la salud de María, hermana de Horacio; atraído por la vida de la selva, él se interna en Misiones, pero por desentendimiento familiar su esposa regresa a Buenos Aires. Posteriormente se le diagnostica cáncer de próstata; ante la gravedad de la enfermedad toma una radical determinación: el 18 de febrero de 1937 sale a visitar a algunos amigos, compra cianuro y muere por envenenamiento al día siguiente.

En su producción destacan la novela “El desierto”, “Cuentos de amor, de locura y de muerte”, “Anaconda”, “Cuentos de la selva”, “El salvaje” y “Los desterrados”.

Según Lucrecia Martel, “Quiroga tiene la particularidad de escribir cosas muy realistas, pero con un componente afiebrado. Son historias físicas, de esas que uno les cuenta a los chicos medio para asustarlos. Es fascinante esa especie de atmósfera de fiebre constante en sus cuentos”.

DELMIRA AGUSTINI: POESÍA COMPLETA

Tradicionalmente vinculada al modernismo, Delmira (Montevideo, 1886 – 1914) ingresó al ejercicio poético a una edad temprana y rápidamente alcanzó el reconocimiento, gracias a la publicación de tres libros de poesía que tuvieron rápida acogida: “El libro blanco” (1910), “Cantos de la mañana” (1910) y “Los cálices vacíos” (1913).

Desgraciadamente su asesinato a manos de su exmarido interrumpió su fulgurante trayectoria poética.

Admirada o cuestionada por igual, según su estudiosa Mirta Fernández dos Santos, la poetisa, pese a las tensiones y contradicciones propias del periodo de fin de siglo y alborada del siguiente, imprimió un nuevo aliento al Modernismo literario, en una época en que el movimiento se dirigía a su inexorable ocaso; pero, también ella se convirtió en la precursora de otras voces poéticas femeninas, que, tomando su legado poético y su estética, no tardaron en construir una descollante trayectoria.

La antología respectiva, aparte de las creaciones incluidas en sus poemarios ya citados, también comprende la sección “Los astros del abismo” (1924), así como poemas publicados en revistas (entre los años 1902 y 1904); e incluso “Otros poemas” (1924).

ALFONSINA STORNI: POESÍAS

Hija de migrantes, nació el 29 de mayo de 1892; desde un comienzo su vida familiar fue una lucha constante por la vida. Creció y se desarrolló bajo la atmósfera y ambiente del modernismo, la corriente literaria fundada por el nicaragüense Rubén Darío y cuya figura más visible en el Perú fue José Santos Chocano. Falleció en 1938.

En la opinión autorizada de su biógrafa y estudiosa Nancy Fernández: “Alfonsina Storni hizo de la poesía su objeto artístico y al periodismo lo llevó más allá de un medio de vida. Con el magisterio elaboró una condición material de vida y en la maternidad selló un destino signado por la búsqueda del amor pleno. Acaso los signos y matices del neorromanticismo (que la acompañó gran parte de su existencia) hayan realizado la visibilidad de los límites entre la experimentación y la trascendencia, las señales lábiles entre la vida y la obra. Quizá en los desacordados preanuncios reiterados en los motivos del mar y la soledad, podamos leer la captura más sensible del sentido implicado en el nombre (y la letra) de Alfonsina Storni”.

Su producción comprende los poemarios: “La inquietud del rosal”, “El dulce daño”, “Irremediablemente”, “Languidez”, “Ocre”, “Mundo de siete pozos”, “Motivos de ciudad”, “Mascarilla y trébol”.

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