LA LUZ QUE NOS ABRAZA es el título de la nueva novela de Augusto Rubio Acosta (sello editorial Mesa Redonda). Esta novela se erige como un texto polifónico, no solo por la superposición de múltiples discursos, registros y miradas narrativas, sino porque cada personaje —incluso en su aparente unidad— alberga varias voces que dialogan, se contradicen y se transforman. La polifonía no es un recurso decorativo, sino el eje estructural que permite explorar la complejidad de la memoria, el tiempo y la identidad.
Los personajes hablan desde un presente narrativo que nunca es estático: sus voces se cargan de nuevos matices a medida que el tiempo avanza, y lo que parecía una certeza se vuelve duda, grieta o revelación: “Yo tenía cinco años y él me amaba, me extrañaba con desmesura; mi padre hizo que mi reflejo en sus grandes y negros ojos sea lo que más me remita al desaforado amor que supo entregarme. Mi nombre es Micaela y no pierdo la esperanza de encontrar a mi padre”. Micaela comienza la historia y nos revela su infancia en Chimbote y Salaverry después de la muerte de su padre; luego, otro narrador la contempla ya madura y reconoce en ella la constante presencia de la belleza: “A sus cuarenta y tantos años, Micaela es todavía una hermosa mujer”. El juego de tiempos y de voces es un recurso permanente en la novela de Augusto Rubio.
La variabilidad de los personajes
Micaela, Augusto y Adriana son los personajes centrales que configuran un entramado de afectos, silencios y tensiones que se reescriben constantemente desde la experiencia recordada. Ahora bien, desde mi perspectiva, la historia gira en torno a Alfonso; su figura concentra el peso simbólico de la novela: “Fui cruel e injusta con Alfonso, sé que ha sufrido mucho todos estos años; ni siquiera he merecido sus lágrimas”. Alfonso no es solo un personaje, sino un núcleo de sentido: en él confluyen las voces ajenas y las propias, las expectativas truncas y las heridas no resueltas. Su final da un nuevo sentido a toda la historia y le aporta una carga emocional que impacta al lector: “La muerte de Alfonso Ramos fue un duro golpe al epicentro de nuestra generación, al compacto grupo de amigos de Trujillo”.
En esta novela, Augusto Rubio emplea el recurso de la autorreferencia, estableciendo un juego narrativo de múltiples matices. No se trata propiamente de un texto autoficcional, ya que no se pretende reconstruir la vida real del autor, sino más bien propone un proceso lúdico en el que su propio nombre es también el de un personaje. Esta coincidencia genera un efecto de extrañamiento: por las similitudes entre autor y personaje, los lectores transitan constantemente la delgada línea que separa la ficción de la realidad: “Augusto, a quienes sus amigos cercanos de Trujillo y hasta otros desconocidos llaman subrepticiamente Asusto”.
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La memoria como mecanismo nostálgico
LA LUZ QUE NOS ABRAZA propone una experiencia narrativa marcada por un juego pendular entre la vida y la muerte, pues los personajes transitan distintos momentos de su existencia y, a la vez, sobreviven en la memoria de quienes los conocieron. La novela no establece fronteras rígidas entre ambos estados: los personajes recuerdan, reflexionan y, de pronto, aparecen confesando sus miedos, culpas e incertidumbres, como si la muerte no clausurara la voz, sino que la volviera más intensa y reveladora.
Adriana y Alfonso encarnan con fuerza esta dinámica. Ambos atraviesan múltiples conflictos afectivos, familiares y sociales mientras están vivos; sin embargo, en un giro temporal, el lector descubre que con el paso del tiempo han muerto. Lo que permanece es la memoria, ese espacio frágil pero persistente que evita el olvido y reconstruye sus vidas desde la evocación.
Ahora bien, dos grandes ejes temáticos sostienen la obra. Por un lado, la lucha política y social de los años 90, presentada como un contexto de violencia, compromiso y desencanto que marca profundamente a los personajes. Por otro lado, la nostalgia, el pesimismo y la contemplación del paso del tiempo; sentimientos que atraviesan la narración y dotan al texto de un tono reflexivo y melancólico.
Finalmente, un valor significativo de la novela es, además, la cuidada exploración de los espacios geográficos. Ciudades como Chimbote, Salaverry y Trujillo no funcionan solo como escenarios, sino como territorios simbólicos en los que se inscriben las experiencias humanas, la memoria colectiva y el desgaste del tiempo. En conjunto, LA LUZ QUE NOS ABRAZA es una novela que reflexiona sobre la permanencia, el recuerdo y la fragilidad de la vida, invitando al lector a mirar el pasado con lucidez y dolor.





