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Mis maestros en la escuela primaria

Mi escuela fue fundada a comienzos de la década del 40, de manera que la mayoría de la población solo podía estudiar los primeros años de la Primaria.
Mi escuela fue fundada a comienzos de la década del 40, de manera que la mayoría de la población solo podía estudiar los primeros años de la Primaria.

Saniel E. Lozano Alvarado

Actualizado el 04/07/2026, 09:30 a.m.

Como sincera adhesión a las celebraciones por el Día del Maestro ofrecemos la siguiente muestra de nuestro libro “Escuela de Abril”.

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EL CENTRO ESCOLAR 255

Mi escuela fue fundada a comienzos de la década del 40, de manera que la mayoría de la población solo podía estudiar los primeros años de la Primaria; los hijos de los que tenían cierto nivel económico migraban especialmente a Trujillo.

El Centro Escolar de Varones 255, el más importante de todo el distrito, que ya entonces ofrecía Primaria completa, se ubicaba en la Plaza de Armas, casi a todo lo largo de la calle inferior, o Bolognesi, frente a la iglesia. En realidad, era un local de tres pisos: el primero, que comunicaba a un descampado inferior, permanecía inconcluso, abandonado, sin puertas ni ventanas y servía más bien como muladar. El segundo piso recién se comunicaba con la calle principal y allí funcionaban la dirección y las aulas; no había patio de formación, la cual se realizaba a un costado de la Plaza, donde también se realizaban los recreos. El balcón era corrido, de un extremo a otro del extenso local, y el tercer piso, permanecía inconcluso, pero allí no funcionaba ninguna dependencia. Determinadas actuaciones trascendentales se realizaban en el atrio de la iglesia parroquial, a cuyo costado funcionaba el local de la Guardia Civil, antecedentes de la Policía Nacional.

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LOS DÍAS DE LA TRANSICIÓN

El primer día de clases me recibió el maestro Artidoro Rosario Pimentel, un hombre muy culto y preparado, que vestía elegante terno oscuro y ejercía un gran liderazgo intelectual y cultural en la población. Fue abuelo materno del poeta y promotor cultural Godofredo Guevara Rosario, quien varios años después, ya adulto, publicó el poemario “Rostros sangrantes”, así como fundó y dirigió la revista “Kallay”, de la Asociación Salpina de Trujillo.

En realidad, aparte de las orientaciones e indicaciones de mi madre, quien me dio muchos consejos sobre cómo debería saludar a los maestros, cómo debería comportarme en el aula, o cómo pedir permiso por algún motivo, fue mi hermano Carlos Medaardo, muy hábil en el dibujo, la pintura y el trabajo manual. El fue mi orientador en la escuela.

Me sentía muy emocionado por empezar mis estudios; no recuerdo que haya experimentado nerviosismo, sino mucha expectativa. Recuerdo sí el impacto de una canción alusiva al comienzo de las clases, muy popular en las escuelas de la época y perteneciente a un autor centroamericano: Cual bandada de palomas / que regresan del vergel,/ ya volvemos a la escuela anhelantes del saber.

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EL MAESTRO ARTIDORO

El maestro Artidoro era un caballero alto, delgado, educado, venerable. Era además líder intelectual del pueblo; casi un sabio. Cuando me dispuse a trasponer la entrada del primer salón, me dio una afectiva y emocionante palmada que me transmitió un hermoso sentimiento de bienvenida. Me impactó mucho su gesto, que nunca lo he olvidado.

Sin embargo, en realidad, yo empecé a estudiar la Transición (equivalente al actual primer grado de Primaria) con la maestra Cristina Rodríguez, alta, buena moza, simpática, elegante, muy recta, la única mujer en el conjunto de maestros, pero de quien no guardo buenos recuerdos, porque terminó desaprobándome de año sólo porque no pude pronunciar correctamente la letra “erre” al momento de leer oralmente. Por ella repetí Transición. ¡Por su culpa! Con los años se me perdió la antipatía y la recuerdo simplemente como anécdota.

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LA ELEGANCIA DE LOS MAESTROS

Los otros maestros, por esos días en que el mundo era pura magia e ilusión, fueron: Estuardo Meléndez Lucas, gran futbolista; Wilfredo Bocanegra López, destacado matemático; Diómedes Rosario Peralta, quien con el tiempo dejó la docencia por haberse hecho abogado, en cuyo ejercicio también accedió a la magistratura hasta ser nombrado Presidente de la Corte Superior de Justicia de La Libertad; el violinista jaujino Luis Bauer Miranda, quien amenizaba las noches con la magia de su añorante violín desde su residencia en una calleja del centro del pueblo, bajando la artística residencia de don Mario Meléndez Vidal, todos bajo la conducción del maestro Darío Neyra Herrera, contemporáneo de mi madre y de mis tías Evita y Juanita, quienes referían que en su niñez lo molestaban con el apelativo de “Gringo pate’ jeringo”, en alusión a su tez sonrosada y fina, quien no solo dirigía la escuela, sino que vigilaba varios aspectos de la población, como el aseo y la limpieza.

También fue mi maestro un hombre noble y generoso, de formación protestante, aunque no recuerdo exactamente a qué secta pertenecía. Era educado, noble y sencillo. Además de sus lecciones, también nos proporcionaba libros de historias bíblicas. Creo que apellidaba Oliveros.

Todos los profesores de la escuela, durante todos los días vestían con mucha decencia y elegancia, siempre con terno y corbata, hecho que les comunicaba un aire de prestancia y ascendencia educativa y social. Por eso no era imaginable la presentación de profesores desclasados y pauperizados como la mayoría de la actualidad.

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DIRECTORES

La llegada de un nuevo director era un acontecimiento extraordinario para todo el pueblo. Entonces, la población, encabezada por las autoridades se concentraban a la entrada del pueblo, en la histórica explanada de la Casa de Lata, donde entre lanzamiento de cohetes, vítores, poesías y discursos, era recibido el nuevo director de la escuela, el nuevo comandante de la policía, el nuevo párroco y otra personalidad visible. Luego la comitiva se desplazaba a lo largo de la calle Ramón Castilla, al compás de la banda de músicos “Lira Salpina”, integrada especialmente por don Daniel Bocanegra y sus hijos: Eligio, Célforo, Isidro, Daniel, Pompilio y unos cuantos adherentes, como don Ruperto Luján y su infaltable pistón; don Daniel Rosario y el rítmico golpe del bombo, o los platillos que hacía sonar don “Pío Nono”.

Así vi llegar al maestro Darío y a su sucesor Esteban Corbera Vilcarromero. Otros directores han sido Víctor Tenorio, Fortunato Vereau Loyola, Himler Alva.

Lo mismos debió ocurrir con las directoras de la Escuela de Mujeres N° 256, de quien recuerdo solamente en tan elevado cargo a la profesora Maximina Espejo Caballero.

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