Por esos años de formación académica, Bethoven profundizaba el surco de su sensibilidad y vocación agraria; pero también sembraba, cultivaba y cosechaba frutos literarios.
Por esos años de formación académica, Bethoven profundizaba el surco de su sensibilidad y vocación agraria; pero también sembraba, cultivaba y cosechaba frutos literarios.

Nos encontramos con Bethoven Medina Sánchez a comienzos de la década del 80, convocados por la sensibilidad y el fuego afectivo e iluminador de la literatura: yo, como profesor del Departamento de Idiomas y Literatura de la Universidad Nacional de Cajamarca; Bethoven, aunque dominado por la vocación del estudio de la agronomía, pulsaba sus inquietudes, su corazón y su inspiración en torno a respetables personalidades que otorgaban altura, profundidad y prestancia a la docencia universitaria, como Zoilo León Ordóñez, magistral admirador y reivindicador de la literatura española; el poeta Manuel Ibáñez Rosazza; el investigador y crítico Luzmán Salas, el más profundo y versado investigador de la literatura cajamarquina; el tecnólogo de la educación, César Paredes Canto, que ni soñaba con ser vicepresidente de nuestra patria en tiempos de Alberto Fujimori.

Específicamente, me parecía raro que un explorador de campos, surcos, semillas y parvas, compenetrado con el estudio científico del mundo agrario, frecuentara las múltiples, fecundas e iluminadoras tareas de una dependencia académica, lingüística y literaria; casi un exadolescente, que plasmaba sus inquietudes culturales en la fundación del Grupo Literario “Río”, donde alternó con Esteban Quiroz y Rogelio Chávez, entre otros meritorios y jóvenes intelectuales cajamarquinos.

LOS COMIENZOS

En ese ambiente, no demoramos en mostrarnos abiertos, anhelantes y fecundos bajo la sensibilidad e inspiración creadoras, cuyos primeros frutos se habían plasmado en la antología del Grupo “Nuevo amanecer” de Trujillo; en su fraterna antología sobre nuevos poetas en la Universidad Nacional “San Cristóbal de Huamanga”; en las propias y frescas páginas del suplemento literario de “Satélite” que animaba aquí, en Trujilo, el maestro del lenguaje Eduardo Quirós Sánchez. Mi amistad con Bethoven se construía sobre sólidas bases y cimientos.

Por esos años de formación académica, Bethoven profundizaba el surco de su sensibilidad y vocación agraria; pero también sembraba, cultivaba y cosechaba frutos literarios con gestos que fueron despertando mi espontánea adhesión, entusiasmo, reconocimiento y valoración. Entonces, de las inquietudes sueltas y de sus primeros brotes antológicos pasó a construir y publicar los primeros libros de una poesía desconocida, nueva, sorprendente y desconcertante, casi sin antecedentes en el español peruano; además, le acompañaban gestos inusuales y trascendentes que brotaban generosos y espontáneos, animados por una fresca y espontánea amistad y personalidad creadora de rico contenido, como cuando, sorpresivamente, un buen día me dijo: “Le tengo una sorpresa” y me alcanzó una muestra poética de “Trinidad de luz”, de mi paisano Claudio Saya, seudónimo de Claudio Edmundo Espejo Lizárraga, también cofundador del Grupo Literario “Trilce” junto a otro paisano admirable mío: Juan Paredes Carbonell. Yo, realmente, no conocía la trayectoria literaria de mi paisano, quien, desde que salió de mi tierra nunca más ha regresado, pero que él siempre lleva en el recuerdo de su fecunda producción poética, hasta que, el lingüista Ibico Rojas me trajo de Lima un desconcertante encargo poético de inusual cantidad: 50 poemarios publicados con tal fecundidad y sensibilidad, que deben catalogarlo, según creo, como el más fecundo poeta peruano contemporáneo, y cuyo poemario auroral, el citado “Trinidad de luz”, prologó el mismo maestro Antenor Orrego.

UN LENGUAJE POÉTICO NUEVO

Entonces Bethoven seguía produciendo y publicando su original y sorprendente poesía con un estilo sin precedentes ni comparaciones en el Perú contemporáneo; y yo, ganado ya por una orientación buceadora y exploradora, seguía explorando, analizando, comentando, valorando tan original y sorprendente poesía.

Lo que entonces me llamaba la atención y admiración de la poesía de Bethoven era la ruptura de la sintaxis lineal o convencional, su opción por el verso multidireccional, con frecuencia junto a su tendencia por la exploración esotérica.

En realidad, no encontraba ni he encontrado antecedentes creadoras ni estilísticas en la poesía peruana, aunque importantes críticos, como Alberto Escobar, afirman que la poesía no es para percibir o mostrar la vida en su orden lineal y temporal; tampoco, bajo el predominio de la razón y el pensamiento, sino bajo el peso de la intuición, la trascendencia y la exploración más allá del mundo convencional.

Por otro lado, específicamente no eran ni son pocos los lectores que me comentaban y comentan similares inquietudes y que ellas se estrellan en un encuentro de distinto origen, plasmación y dirección: el lenguaje poético no tiene por qué ser lógico, racional, secuencial; la poesía es impacto y emoción; tampoco es solo expresión de los pensamientos, como en la orientación romántica; o retrato del mundo, como en los realistas y naturalistas.

Hay que felicitarnos, entonces, que Bethoven enriquezca de manera singular y sobresaliente la tradición poética de la región liberteña, de la cual creo que es su máxima figura contemporánea y que, a nivel nacional, si bien también hay meritorios y sobresalientes creadores, como Efraín Miranda en el Cuzco, ninguno creo tiene la altura, profundidad y vastedad del empleo de la original y sólida creación lingüística, la dimensión esotérica, la plasmación artística, la compenetración con la identidad nacional, la integración de las visiones nacionales e internacionales, las proyecciones al universo cósmico, trascendente.

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