En tiempos de elecciones presidenciales, el aula ofrece una oportunidad única para formar ciudadanos antes que electores. El maestro que deja huella no es quien dicta respuestas, sino quien provoca preguntas que invitan a pensar el país y su futuro.

Frente al contexto electoral del 12 de abril, puede convertir la coyuntura en aprendizaje vivo, ayudando a sus estudiantes a analizar propuestas, reconocer intereses y entender consecuencias sociales y económicas.

No se trata de votar –no les toca aún–, sino de desarrollar criterio, empatía y sentido comunitario. Un maestro deja huella cuando enseña a escuchar, discrepar con respeto y valorar la diversidad de opiniones.

También cuando conecta la economía con la vida cotidiana: precios, trabajo, oportunidades y desigualdades. Así, el estudiante comprende que las decisiones públicas impactan en su entorno cercano.

El aula puede ser un laboratorio de ciudadanía, donde se simulan elecciones, se debaten ideas y se construyen acuerdos. Allí los niños empiezan a verse como futuros electores y posibles candidatos, capaces de liderar con responsabilidad.

En ese proceso, el maestro no solo informa, forma. Siembra conciencia, sensibilidad social y compromiso con el bien común. Esa es la huella más profunda: ciudadanos que piensan, sienten y actúan por su país.

En un país que cuestiona su democracia, estas semillas son esenciales. Cada clase puede abrir horizontes y desafiar la indiferencia. Dejar huella hoy es para decidir mañana, porque quienes aprenden a pensar hoy podrán elegir mejor y gobernar con mayor ética, lucidez y vocación de servicio público.