En “Frailones en el tiempo”, de Manuel Alcalde Palomino, piedra y humanidad están hermanadas en una misma pregunta: ¿qué permanece de nosotros ante el inexorable paso del tiempo?
En “Frailones en el tiempo”, de Manuel Alcalde Palomino, piedra y humanidad están hermanadas en una misma pregunta: ¿qué permanece de nosotros ante el inexorable paso del tiempo?

Hay paisajes que se contemplan y otros que, mientras los miramos, parecen devolvernos la mirada… e interrogarnos. Algo así nos ocurre cuando leemos el libro “Frailones en el tiempo”, del poeta Manuel Alcalde Palomino.

Aquí, las formaciones pétreas de Cumbemayo son más que un paisaje majestuoso. En la voz poética que resuena como el viento, los frailones emergen como caminantes que interrumpieron su marcha, como seres que soportan la inexorabilidad del tiempo...

UMBRAL

El libro inicia con el prólogo del reconocido poeta Bethoven Medina Sánchez. Y luego nos abre el camino a los veintidós poemas que lo componen. Este camino nos permite transitar expectantes por las dos partes del libro.

Primero contemplamos Cumbemayo a través del viento, el cielo, el agua, la soledad, el amor, el vuelo y la vida. Después, la piedra comienza a hablarnos de aquello que permanece y de aquello que inevitablemente pasa.

En «Entre piedra, viento» aparece una de las imágenes más poderosas del poemario. El viento es «artesano del cincel» y «picapedrero de leyendas»; trabaja sobre las rocas, talla sus «formas franciscanas» y levanta a los frailones «desde las entrañas del Cumbemayo».

El bosque de piedras, entonces, ya no es un conjunto de figuras inmóviles. Esos frailes «indómitos y vagabundos» parecen haber interrumpido su viaje a mitad del camino. Pero siguen allí, de pie, con una quietud que conserva la memoria de una antigua andanza.

ALIENTO

Esa manera de otorgar vida a la materia reaparece en «Entre piedra, cielo»: «Aquí conversan los hombres y los dioses, / los ríos y las nubes». La altura acerca realidades que abajo imaginamos separadas. El hombre estrecha las nubes contra su pecho y se siente dueño «del cielo y la montaña».

El agua, por su parte, abraza y penetra la montaña. «Bebe la piedra», mientras las «lágrimas de invierno» recorren sus formas. Una permanece; la otra fluye. El agua deja señales sobre la roca y la roca orienta su recorrido. Vivir es también reconocernos en esas huellas.

En «Entre piedra, soledad», el diálogo se vuelve más íntimo. El silencio pétreo hurga las tristezas del hablante y la roca aparece «prisionera en su lejanía». Podría pensarse que lo pétreo no vive. Pero no: «¡No está ausente! ¡No ha muerto! / ¡Vive en su destierro!». Piedra y hombre quedan unidos por una misma soledad. Guardan secretos, soportan despedidas y conviven con sus muertos. Incluso la roca presta su dureza a los «amores viejos», como si ofreciera al ser humano la resistencia que a veces le falta.

VÉRTIGO

La segunda parte lleva esta identificación a un ámbito más profundo: «La montaña es tiempo detenido / mirando pasar a los hombres». La imagen cambia nuestra postura ante el paisaje. Creíamos observar Cumbemayo, pero descubrimos que somos nosotros quienes pasamos ante sus ojos.

La montaña permanece; el hombre asciende, contempla y luego se marcha. De allí nace esta límpida confesión: «la montaña no es frágil, / yo sí. / La piedra no teme desmoronarse, / yo sí». La brevedad y la reiteración ponen frente a frente la aparente permanencia de la piedra y la fragilidad del ser humano.

Pero la piedra tampoco es ajena al tiempo. El viento la desnuda, la lluvia la recorre y los siglos escriben sobre ella. Por eso el poeta llega a dudar si es un hombre que escribe acerca de la piedra o una «piedra que se ve poeta / mientras el tiempo la pule». Esta duda expresa la intuición más valiosa del libro.

MEMORIA

El tiempo modela al hombre y a los frailones. Más adelante, las piedras serán «pensamientos endurecidos, voluntad petrificada» y guardarán «los archivos de su historia, / como los versos guardan los secretos del poeta». La roca conserva las marcas del viento y del agua; el poema resguarda la memoria y la voz de quien escribe. Ambos resisten silenciosamente ante el olvido.

En esta correspondencia reside otro de los aciertos de “Frailones en el tiempo”. Viento, agua, altura, silencio y piedra regresan y se iluminan entre sí. El verso libre, las enumeraciones y las reiteraciones confieren a la voz un tono contemplativo, a veces celebratorio. Sus mejores hallazgos aparecen cuando la reflexión cobra vida: el viento cincela, la piedra bebe, la montaña mira y el tiempo pule

ECO

El poemario alterna pasajes de expresión directa con otros de mayor densidad simbólica. Palabras como «redención», «esperanza» o «eternidad» hacen explícitas algunas de sus búsquedas esenciales, mientras las imágenes más sobrias abren el sentido a la sensibilidad del lector. En ambos registros, la voz regresa a la montaña y encuentra en ella una presencia desde la cual interrogar nuestra existencia.

Al cerrar el poemario, el lector ya no contempla Cumbemayo como una postal ni como un conjunto de formas curiosas. Sus piedras se han convertido en memoria, presencia y pregunta. Frente a ellas, también nosotros reconocemos que toda permanencia lleva las marcas del desgaste y que aun la vida más frágil puede dejar huellas. Quizá este sea el eco que se nos queda: mientras el tiempo nos transforma, cada palabra que dejamos en el camino es una manera de resistir al olvido.

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