El corazón de Ciro Alegría Bazán dejó de latir la madrugada del 17 de febrero de 1967. El novelista de “El mundo es ancho y ajeno” nació en 1909 en Quilca de Huamachuco, La Libertad. Aún niño, se fue a vivir con sus padres a la hacienda de sus abuelos, Marcabal Grande, a orillas del río Marañón, lugar que recuerda en su primera gran novela, “La serpiente de oro”. Fue ahí donde Ciro Alegría se asomó por primera vez al sufrimiento del pueblo campesino y rural, golpeado por la injusticia. A los siete años fue enviado a Trujillo, a vivir en casa de su abuela y estudiar en el Colegio Nacional de San Juan, donde César Vallejo fue su profesor.
Vallejo
“El César Vallejo que yo conocí” escrito por Ciro Alegría y con ilustraciones de Blakie Yupanqui ha sido reeditado por Papel de Viento Editores, de Alejandro Benavides, quien indica: “Ciro Alegría, el otro gigante de nuestra literatura, tuvo que topar su vida con la del gran poeta, quien fue su maestro primario solo por un año, tiempo suficiente para dejar una huella de las más profundas, en la personalidad y aspiraciones del gran novelista de ‘El mundo es ancho y ajeno’, ‘La serpiente de oro’, ‘Los perros hambrientos’, ‘Lázaro’ y una serie de cuentos y estudios. La región La Libertad ha producido dos grandes gigantes de las letras peruanas y universales: Ciro Alegría y César Vallejo, y es justamente esta hermosa narración la que muestra a ambos en toda su dimensión humana y literaria”. “El César Vallejo que yo conocí” (2025, p. 8).
En Trujillo
Ciro ha escrito “El caso es que llegamos a Trujillo, ciudad de la costa clara y soleada, agradablemente cálida. En su ambiente colonial, con trece iglesias de labrados altares y casas de grandes portones, patios amplios y balcones de estilo morisco, daban su nota de modernidad los automóviles que corrían por calles pavimentadas, la luz eléctrica, los trenes que traqueteaban y pitaban yendo y viniendo de los valles azucareros o el puerto próximo. Mi niñez, acostumbrada a la naturaleza virgen, estaba muy asombrada de tanta máquina y del cine y otras cosas más, inclusive de la numerosa gente locuaz, que vestía a la moda. Hasta que un día, cuando mis piernas endurecidas y adoloridas por la cabalgata se agilizaron, mi abuela resolvió mandarme a clase” (p. 17).
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Mala fe
Alegría narra: ––¿Y a qué año va a ingresar? ––Al primer año de primaria… El anciano por poco dio un salto y luego dijo, muy excitado: ––¡Mi señora!, ésa ya no es cuestión de colegios sino de buen sentido... ¿Sabe usted quién es el profesor de primer año en San Juan? ¿Lo sabe usted? Pues ese que se dice poeta, ese César Vallejo, un hombre a quien le falta un tornillo… ––Al fin y al cabo... para enseñar el primer año... ––dijo mi abuela tratando de calmarlo. Mas nuestro visitante estaba evidentemente resuelto a salvar del peligro a un pobre niño indefenso como yo, y argumentó: ––No, no, mi señora... Ese Vallejo, si no es un idiota, es cuando menos un loco. ¿No podrían ponerlo en segundo año? Al entrar me sorprendió ver que el niño estaba leyendo el periódico (p. 19).
Ternura Vallejiana
Ciro Alegría narra “junto a la puerta estaba parado César Vallejo. Magro, cetrino, casi hierático, me pareció un árbol deshojado. Su traje era oscuro como su piel oscura. Por primera vez vi el intenso brillo de sus ojos cuando se inclinó a preguntarme, con una tierna atención, mi nombre. Cambió luego unas cuantas palabras con mi tío y, al irse éste, me dijo: “Vente por acá”. Entramos a un pequeño patio donde jugaban muchos niños. Hacia uno de los lados estaba el salón de los del primer año. Ya allí, se puso a levantar la tapa de las carpetas para ver las que estaban desocupadas, según había o no prendas en su interior, y me señaló una de la primera fila diciéndome: ––Aquí te vas a sentar... Pon adentro tus cositas... No, así no... Hay que ser ordenado. La pizarra, que es más grande, debajo y encima tu libro... También tu gorrita...Cuando dejé arregladas todas mis cosas, siguió: ––Muchos niños prefieren sentarse más atrás, porque no quieren que se les pregunte mucho... Pero tú vas a ser un buen niño, buen estudiante, ¿no es cierto? (pp. 22-23).
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Didáctico
Alegría cuenta que Vallejo “iba a dictar la clase de geografía y, engarfiando los dedos para simular con sus flacas y morenas manos la forma de la tierra, comenzó a decir:––Niñosh... la Tierra esh redonda como una naranja... Eshta mishma Tierra en que vivimos y vemos como shi fuera plana, esh redonda. Hablaba lentamente, silbando en forma peculiar las eses, que así suelen pronunciarlas los naturales de Santiago de Chuco, hasta el punto en que por tal característica son reconocidos por los moradores de las otras provincias de la región. Se levantó después para dibujar la Tierra en el pizarrón y durante toda la clase nos repitió que era redonda, no siendo eso lo único sorprendente sino también que giraba sobre sí misma. Dio como pruebas las de la salida y puesta del sol, la forma en que aparecen y desaparecen los barcos en el mar y otras más. Yo estaba sencillamente maravillado, tanto de que este mundo en el cual vivimos fuera redondo y girara sobre sí mismo, como de lo mucho que sabía mi profesor” (pp. 28-29). Hay que releerlos.





