Lo vivido y lo imaginado no siempre es fácil de reconocer. En “Las Casitas” (Revuelta Editores), Ana Luisa Castro convierte una experiencia marcada por el duelo, la pérdida y la traición en una novela donde realidad y ficción terminan mezclándose.
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La historia nació de un momento personal especialmente difícil, tras la muerte de su esposo, el arquitecto Guillermo Gómez-Morón, pero también de la necesidad de entender la traición de quien durante años fue parte cercana de su familia y de poner en palabras aquello que no pudo enfrentar en su momento, para continuar un legado nacido del amor.
“Si me preguntas en el hoy por hoy, qué porcentaje hay de ficción, de realidad, te puedo decir que ya no sé, porque está tan amalgamado todo que el lector tendrá que decidir qué es verdad y qué es mentira”, señala la autora sobre su ópera prima.
Así, entre recuerdos, imaginación y hechos que sí ocurrieron, la novela terminó convirtiéndose en una historia que deja al lector la tarea de separar realidad y ficción.
¿En qué momento decidiste convertir una experiencia tan personal y dolorosa en una novela?
La novela nació de una herida, de un momento muy duro que estaba atravesando en 2023 por la muerte de mi esposo. Paralelamente tuve otras circunstancias difíciles: la pérdida de nuestra casa y de nuestros bienes. Fueron dos pérdidas irreparables, una encima de la otra. En medio del duelo, tenía tres hijos que también habían perdido a su padre y, al mismo tiempo, estaba perdiendo mi patrimonio por causas ajenas a nosotros.
Todo eso me sobrepasó muy rápido. Estuve en un lugar muy oscuro y muy duro, del cual me era difícil salir. Tuve momentos muy complicados. Algunas de esas experiencias están plasmadas en la novela, aunque no todas.
En medio de la búsqueda de qué podía ayudarme a salir de ahí, comencé a tomar más talleres literarios. La lectura y la escritura me han acompañado desde siempre. Desde niña, cuando estaba triste o enojada, me refugiaba en escribir. La lectura y la escritura siempre han sido una especie de refugio para mí.
¿La escritura terminó convirtiéndose en una forma de procesar ese duelo?
Sí. En ese momento sentía que la escritura me ayudaba más que otras cosas. Más que la terapia, más que el yoga, más que otras actividades. Era lo que más me ayudaba a entender el remolino de emociones negativas que estaba sintiendo.
Escribía lo que me estaba sucediendo y las cosas salían muy oscuras, muy duras, sin pudor. A mí se me da muy bien escribir libremente, sin tapar ni esconder o disfrazar emociones y situaciones. Las plasmo como nacen.
A medida que escribía y compartía mis textos, me fui dando cuenta de que esa era mi medicina: seguir escribiendo y, obviamente, seguir leyendo.
¿Cómo pasaste de esos textos personales a construir una novela?
Yo tenía una montaña de textos, alrededor de 500 páginas. Cuando Alonso [Cueto] me dijo que escribiera una novela, entendí que tenía que purgar todo aquello. De esas 500 páginas rescaté unas 100, pero eso era apenas medio libro.
Ahí entendí que necesitaba introducir ficción para enmarcar la historia como una novela. Yo no quería publicar una autobiografía ni una biografía de mi esposo. Quería una novela, porque además necesitaba todos esos elementos creativos que también permite la ficción.
Entonces se mezcló todo: lo que pudo haber pasado, lo que no pasó, cómo me hubiera gustado que sucediera y los hechos reales.
¿Cuánto hay de realidad y cuánto de ficción en la novela?
Si me preguntas hoy qué porcentaje hay de ficción y qué porcentaje de realidad, te puedo decir que ya no sé. Está todo tan amalgamado que el lector tendrá que decidir qué es verdad y qué es mentira, qué le parece más verosímil y qué puede ser ficción.
Los personajes están basados en personas reales y hay muchos hechos específicos que sucedieron tal cual, pero están enmarcados en la ficción.
¿En algún momento escribiste pensando en cómo te hubiera gustado que sucedieran las cosas en la vida real?
Sí, pasó en algún momento, aunque no está exactamente así en el libro.
Hay una conversación, hacia la tercera parte de la novela, con el antagonista. Al principio diseñé esa conversación de una manera en la que yo tomaba el poder, me defendía, ponía los puntos sobre las íes y no dejaba que me pisaran.
Creé un capítulo en el que yo salía empoderada y ganadora. A pesar de estar en duelo, me armaba de una fortaleza y una coraza impresionante. Pero eso no fue real. Era lo que a mí me hubiera gustado que pasara.
De esa conversación tengo varias versiones. Me costó mucho trabajarla porque tenía que enfrentar aquello que realmente había sucedido y aquello que hubiera querido que sucediera.
La novela también habla de amor. ¿Cuánto de tu propia historia de amor llegó a la ficción?
Yo tenía 19 años cuando conocí a mi esposo y él tenía 48. Cuando lo vi me sentí flechada. Para mí era como todo lo que había leído en los libros llevado a la vida real.
Me gustaba todo de él: su manera de hablar, su inteligencia, su forma de contarme sus proyectos. Para mí era un Latin lover. Y eso también está en la protagonista de la novela, que se enamora de manera muy pasional y admira su inteligencia y sus conocimientos.
¿Cuándo descubriste los grandes temas que querías abordar en la novela?
Cuando decidí trabajar la historia en serio y convertirla en una novela. Lo primero que hice fue una escaleta porque soy muy estructurada y ordenada. Tenía muy claro los temas que quería colocar, aunque después la escaleta se fue moviendo.
Escribirla fue un ejercicio de memoria, de nostalgia y también de purgar mis propios demonios y deseos oscuros. Yo estaba llena de dolor, pero también de rabia, frustración y odio por lo que había sucedido.
Uno de los grandes temas parece ser la traición. ¿Cómo fue construir a un personaje inspirado en alguien que conocías realmente?
Fue uno de los temas más difíciles de completar en la novela, justamente porque había un ingrediente personal. Yo conocía a esa persona; no era un personaje que hubiera inventado y al que pudiera atribuirle libremente características buenas o malas. Yo ya tenía el molde y tenía que trabajar sobre él.
La traición yo nunca la vi venir.
Es muy duro recibir una traición de quien no esperas, especialmente en tu momento más duro. En otro momento quizá hubiera podido defenderme o afrontarlo de otra manera. Pero estaba en duelo. Mi esposo acababa de morir y yo no podía reaccionar de la misma manera.
¿Qué encontraste en la escritura al transformar esa experiencia en ficción?
Escribirlo y ponerlo en un papel me dio distancia. Todo lo que no pude enfrentar en ese momento, todo lo que no pude decir, todo lo que tuve que callar y todo lo que no pude procesar adecuadamente, pude expresarlo o transformarlo en algo que dejaba de ser negativo.
La escritura me ayudó a procesar mis emociones, incluso las más oscuras y destructivas. A medida que escribía, aquello que me estaba haciendo daño empezó a convertirse en otra cosa.
SOBRE LA AUTORA
Autora peruana nacida en Lima en 1973. Su ópera prima “Las casitas” (Revuelta Editores, 2026), una novela autobiográfica basada en su vida y en la de su esposo, el fallecido arquitecto Guillermo “Willy” Gómez-Morón.
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