Bajo el sol inclemente del Bajo Piura, ese fuego blanco que parece devorar las sombras y petrificar el tiempo, existe un murmullo que no es el del viento entre los algarrobos, sino entre los manos de las madre tejedoras.
Es el crujido rítmico, casi una respiración, de la paja toquilla entre los dedos de las mujeres que parecen poseer una sabiduría geológica y que hoy le brindamos pleitesía en su día, escribe para rendirles homenaje don Alberto Navarro Merino.
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UNIÓN
En los distritos de La Arena y Catacaos, la historia no se escribe con tinta, sino que se entrelaza en una urdimbre de fibras y el arte ancestral del tejido a mano que seduce a propios y extraños.
María Ipanaqué Chero e Irma Chávez Chávez, con esa dignidad serena de quienes han visto al desierto florecer, promueven la participación de otras mujeres en una asociación que ha dejado de ser un refugio para convertirse en una trinchera de progreso.
Irma dice que este oficio ha engendrado ingresos y, con ellos, la coraza moral para no tolerar la agresión en una región históricamente asolada por el machismo, que una mujer reivindique su capacidad de trabajo es, en sí mismo, un acto revolucionario.
Esta metamorfosis no es obra del azar ni de un milagro bíblico. Es el resultado de una alianza de voluntades entre el CIPCA (Centro de Investigación y Promoción del Campesinado), y la solidaridad internacional: ADVENIAT, organización de católicos alemanes, nacida de la necesidad de reconstruir puentes tras la tragedia, ha entendido que en los rincones más áridos de Piura se gestaba una revolución de la dignidad.
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TEJEDORAS
Marché sólo hacia Pampa de los Silva, lo hice, siguiendo el hilo de un canal de riego rebosante de agua,. Allá entrevisté a Magaly Taboada Sandoval y a Dora Elizabeth Silva Vílchez, quienes en sus tiene a la asociación “Jesús es Amor”. Ellas personifican esa nueva economía doméstica donde el tejido ya no es un “complemento”, sino un pilar.
Han aprendido que la calidad de un sombrero, reside en la finura del punto y en el rigor del acabado, logrando además impregnar a la toquilla de tonos vivaces. Todo ese saber milenario tiene ahora un nombre Tallanka, donde la destreza hecha elegancia, es la marca colectiva que 154 artesanas de tres asociaciones del Bajo Piura registrada en Indecopi.
Con ello tienen como garantía, vender sin intermediarios, poner precio a su trabajo y convertir el sombrero, en pasaporte para mercados más justos. Más allá, en la cuna de la civilización Tallán, la herencia de Narihualá se defiende con el ímpetu de María Juana Sosa Villegas, de la asociación Virgen del Perpetuo Socorro.
Esta tejedora preserva la técnica con el orgullo de quien resguarda un linaje. Es una estirpe que se extiende hasta la asociación Virgen de la Puerta, donde María Durand Ramos y Mercedes Sosa Viera mantienen vivo el fuego sagrado de la identidad.
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TENACIDAD
En sus testimonios se percibe una epifanía: la mujer artesana ha dejado de ser una figura decorativa del folclore para convertirse en una agente de cambio político y social.
Finalmente, en La Campiña, María Pascuala Cielo Juárez y Maribel Solano Silva, de la asociación Virgen del Pilar, cierran este círculo de empoderamiento.
Ellas ya no hablan solo de tramas; hablan de mercados, de autonomía, de la educación de sus hijos pagada con la destreza de sus dedos. Gracias a la tenacidad de estas mujeres, y de sus aliados el Bajo Piura exporta hoy algo más que sombreros: exporta dignidad. Es la victoria de la voluntad sobre el olvido, un relato épico que se escribe en la blancura inmaculada y ahora multicolor de una fibra de toquilla, concluye Navarro Merino.



