Una mochila, un pasaje sin retorno y el miedo de dejar a sus hijos: ese fue el precio que pagó Ana Mamani Espinoza cuando decidió viajar sola a Lima para perseguir un sueño empresarial. Tras inaugurar su tercera tienda en Gamarra, recuerda las noches de llanto y las dudas que casi la hicieron desistir.
Ella es ahora gerente de su propia empresa, Maquipunto. Creció observando a sus padres trabajar en confección. Las máquinas no eran ajenas a su vida. Sin imaginarlo, años después convertiría ese entorno familiar en una empresa con presencia en Arequipa, Juliaca y tres tiendas en Lima.
DECISIONES
Su historia comenzó mucho antes de tener un negocio propio: inició con sacrificios familiares, renuncias y decisiones difíciles.
Ana Mamani dejó la casa de sus padres y apostó por construir una vida junto a Orlando, su ahora esposo, quien entonces atravesaba una crisis económica. El negocio era apenas un pequeño stand en el mercado Andrés Avelino Cáceres y la incertidumbre acompañaba cada jornada de una empresaria que recién empezaba.
“Si voy a regresar a casa, tengo que regresar demostrando que mi salida no fue en vano”, recuerda.
Ana afirma que empezó “sin nada”; incluso hubo días en los que no tenían dinero para alimentarse. Recuerda una escena que aún la conmueve: su esposo salió a empeñar una cortadora para conseguir efectivo, mientras ella permanecía en el puesto intentando vender.
Cuando él volvió, encontró algo inesperado: Ana había logrado vender dos máquinas; sin conocimientos técnicos profundos, improvisó, atendió clientes y convirtió la necesidad en oportunidad. Aquella jornada marcó el inicio de una recuperación económica y progresiva.
“Lo primero para lograr éxito es la actitud. Puedes no tener nada, pero si tienes actitud, avanzas”, sostuvo.
RESISTENCIA
El crecimiento tampoco estuvo libre de pérdidas; durante operativos aduaneros en el Avelino, maquinaria valorizada en miles de soles fue incautada bajo sospechas sobre procedencia de mercadería. Ana asegura que enfrentó investigaciones, declaraciones y procesos durante varios años; sin embargo, gracias a su persistencia, ello dejó de ser un problema.
Pasaron entre tres y cuatro años hasta recuperar sus equipos; mientras otros desistían, ella continuó insistiendo. “Si no eres persistente, no logras nada”, dice.
A LA CAPITAL
Uno de los momentos más difíciles llegó cuando decidió expandirse a Lima. Un amigo le avisó sobre un local disponible y tomó una decisión: compró un pasaje sin fecha de regreso; no sabía si funcionaría ni quién sostendría su empresa mientras estaba fuera.
Los primeros meses fueron duros; extrañaba a sus hijos, lloraba diariamente y cuestionaba su decisión. Incluso el local que inicialmente iba a alquilar nunca se concretó.
Aun así, permaneció. Hoy, aquella apuesta terminó convirtiéndose en tres tiendas inauguradas en Gamarra. “Los dos meses más tristes fueron en Lima. Lloraba todos los días por mi familia”, confesó.
Con el tiempo, el emprendimiento dejó de ser un pequeño puesto y pasó a convertirse en una red empresarial. Su hermano Luis asumió funciones administrativas mientras abrían nuevas tiendas; su esposo fortaleció el área comercial y ahora sus hijos comienzan a incorporarse al negocio.
ENSEÑAR
Lejos de limitarse a vender maquinaria, Ana quiere convertir la capacitación en parte central del negocio. Su meta es que vendedores y clientes aprendan sobre nuevas tecnologías y encuentren oportunidades para emprender. Por ello impulsa talleres gratuitos tanto en Arequipa como en Lima; solo en el último taller se inscribieron 480 personas. “No solo hay que entregar productos. Hay que enseñar porque eso puede cambiar la vida de alguien”, afirmó.
Hoy, después de pasar del pequeño stand del Avelino a inaugurar tiendas en la capital, Ana asegura que el verdadero éxito no es abrir más locales, sino demostrar a otros emprendedores que comenzar desde abajo no impide llegar lejos.





