Hay libros que, sin alzar la voz, reaniman la vida de una ciudad y nos devuelven al centro histórico como quien retorna a una casa con habitaciones secretas. “La muralla y otros cuentos y leyendas del Centro Histórico de Trujillo”, de Luis José Cassaro Bolarte, pertenece a esa estirpe: hace del pasado un presente narrable y, a la vez, perturbador. No solo eso: lo vuelve caminable.
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Historia y misterio
En esta propuesta, la “señorial ciudad de Trujillo” de murallas, conventos y plazuelas aparece como un archivo vivo, pero también como un umbral, tal como sucede en la mejor tradición peruana. Uno lee y siente que los muros —esos que solemos mirar con indiferencia— conservan voces contenidas que piden ser escuchadas.
Pero, además de ello, Luis José Cassaro nos revela que, en el mapa íntimo de una ciudad —ese que no figura en los planos— siempre hay un tramo donde la historia deja de ser documento y nos empieza a hablar al oído. Este libro sublima una fusión ingeniosa entre historia real, tradición, leyenda, terror gótico y fantasía.
Para ello, Cassaro echa mano de un recurso muy eficaz: presentar al Centro Histórico como depósito de hechos perturbadores, pero sin desconectarlo de su esencia cultural. En este marco, la elección de los escenarios constituye la columna vertebral de las historias. Así, el monasterio de Santa Clara, la hacienda Laredo, las ruinas de Chan Chan, entre otros, funcionan como lugares de encuentro con lo sobrenatural.
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Más que leyendas
En este sentido, la obra construye una mitología urbana donde la fe, la ambición y lo inexplicable se entrelazan. Incluso intelectuales como César Vallejo y Víctor Raúl Haya de la Torre aparecen vinculados a rituales arcanos y profecías. ¿Es irreverente? Sí, puede ser; pero también es un modo de devolverles vitalidad a lo que solemos ver únicamente como íconos.
Integran el libro seis relatos. Cada uno de ellos parece responder a una misma ley de gravedad. Pactos, maldiciones, suicidios por amor u honor: la idea de una “deuda” pendiente organiza el conjunto. Allí se afirma la unidad, aun cuando cambien siglos y registros.
En “La tumba de Chopitea”, un hacendado confiesa un pacto con el Diablo para obtener poder, y el pago alcanza lo familiar: se sacrifican vidas y se busca salvar el alma con un mausoleo protegido. La señal final —la tumba de mármol blanco que se vuelve negra— funciona como símbolo sin retórica: una marca que no negocia.
“La Viuda” desplaza el espanto hacia el trauma histórico: un arquitecto llega en 1928, desoye advertencias y sigue a una mujer de negro con un perro enorme. Detrás está 1880, una boda interrumpida por la violencia de soldados chilenos, y el espectro de Virginia como una herida latente. La metamorfosis demoníaca y la muerte brutal cierran este intenso relato.
La pieza titular, “La muralla”, entra con ritmo de novela policial: en 1986 el detective Matías Moncada investiga asesinatos precisos que siguen el trazado de la antigua muralla. La pesquisa deriva hacia la leyenda de Santiago de Alarcón, soldado virreinal suicida por amor, y culmina en un encuentro espectral. Moncada, atravesado por su propio duelo, se entrega a la espada para buscar descanso.
“Las clarisas” es la historia más oscura: en 1677, un inquisidor llega al monasterio de Santa Clara para indagar una supuesta epidemia de posesiones. El hallazgo es inquietante: ritos paganos en furtivos túneles y una deidad con cráneo de ciervo, bajo liderazgo de la abadesa. La clausura estalla cuando las monjas irrumpen como jauría humana, y la ciudad queda como escenario de un ignominioso contagio moral.
“Las estatuas robadas” toma un hecho real —el robo de cuatro estatuas de mármol que acompañaban al monumento de Mercurio, en 1952— y lo convierte en maldición de decadencia. En 1988, un mercenario polaco recupera las piezas para Francisco de Armas y presencia un sacrificio ritual mientras las estatuas parecen cobrar vida. Lo notable es la lectura cívica del espanto: el despojo del arte como grieta del destino urbano.
“La Orden del Norte” instala el horror en la inteligencia: en 1918, Valdelomar y algunos jóvenes intelectuales del Grupo Norte se reúnen en Chan Chan para una sesión de espiritismo. Un periodista es poseído y una entidad profetiza, con crueldad, muertes miserables, enfermedades y fracasos políticos. La desmitificación incomoda, pero humaniza: los nombres ilustres aparecen vulnerables ante un espejo sin piedad.Pero no todo es relato verbal y revelaciones fantásticas. El libro también incluye fotografías históricas reales que se integran con las sugerentes y perturbadoras ilustraciones de Oscar Alarcón Prieto. La dinámica de estos lenguajes crea una tensión entre lo documentado y lo imaginado.
Además, un “Mapa literario de la ciudad de Trujillo”, como cierre del libro, convierte la lectura en un recorrido posible por el Trujillo amurallado. Esta alianza visual actúa como dispositivo de verosimilitud y de conexión cognitiva y emocional. Invito a leer este libro como quien abre una puerta doble: la de la ciudad que fue y la de la que se nos revela cuando le prestamos atención. ¡Adelante! ¡Pase, usted!





