Entre el áspero ruido de la coyuntura política peruana y esa sensación de desgaste moral que dejan las vísperas electorales, llegan también, por fortuna, noticias que nos devuelven la confianza en la palabra. El reciente reconocimiento a Samanta Schweblin y la reedición de “Las viejas calles de Trujillo”, de Santiago Vallejo, son claras muestras de ello.
Parece una exageración lo que digo, pero no lo es. Cuando la vida pública se enrarece, casi siempre la literatura nos ofrece un asidero. Esto ocurre con “Las viejas calles de Trujillo”. Este libro, reeditado por Reino de Almagro, llega como un bálsamo en medio de esta complicada coyuntura.
Memoria crítica
En palabras de Luis Paliza —historiador y propulsor de la iniciativa—, esta publicación no responde a un simple entusiasmo bibliófilo ni al afán de reponer un título antiguo. Más bien, se advierte aquí una voluntad de rescate: devolver a la discusión cultural una obra capaz de invitarnos a mirarnos en el espejo de la historia y, por qué no, a cuestionarnos.
Santiago Vallejo —periodista, antes que simple escritor costumbrista— aparece, en estas páginas, como uno de esos testigos de excepción que una ciudad suele olvidar con imperdonable facilidad. Vinculado a periódicos decisivos de su tiempo, dejó una escritura atenta al acontecer social y político de Trujillo, pero también a sus pliegues menores, a sus habladurías y gestos cotidianos. Allí radica una de sus mayores virtudes.
Sin embargo, más allá del valor documental, “Las viejas calles de Trujillo” posee un hondo sentido humano y crítico que lo aparta de la evocación complaciente. Santiago Vallejo no romantiza el pasado. Por el contrario, lo somete a una mirada irónica, por momentos incisiva, que revela costumbres, prejuicios, miedos y pequeñeces de la vieja sociedad trujillana.
Rescate editorial
La nueva edición parece haber comprendido que un rescate editorial no se agota en la reposición material del libro. Divulgar es importante, desde luego, pero hacerlo sin propiciar discusión termina siendo un gesto incompleto. Aquí se ha querido recuperar una obra y, con ella, su historia, su contexto y el impulso de volver a leerla desde la ciudad que hoy somos.
La organización interna del volumen responde, además, a una lectura inteligente del material disponible. El primer tramo reúne textos de la primera etapa trujillana de Vallejo; el segundo, aquellos escritos a su retorno, casi dos décadas después; y el tercero recoge relatos ambientados en Trujillo, en los que el autor despliega una pluma de nítido aliento tradicionista. No es una acumulación arbitraria, sino una arquitectura con sentido.
Mención aparte merece la prudencia editorial con la que ha procedido Luis Paliza. Se han corregido erratas evidentes y se ha practicado una actualización ortográfica mínima, pero se han conservado los giros idiomáticos y las particularidades expresivas de la época. Esa decisión honra la respiración original de la prosa y permite acceder a una textura verbal que también forma parte de la historia.
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Sus virtudes
Uno de los hallazgos más sugestivos del libro radica en la forma en que Santiago Vallejo escribe la ciudad desde la observación y la memoria oral. No se limita a registrar calles o escenas; también escucha a los viejos vecinos y recoge versiones y relatos heredados. Esa intimidad con la oralidad trujillana le otorga a su escritura una vibración singular, a medio camino entre la crónica, la tradición y la memoria urbana.
Hay, asimismo, un aspecto particularmente atractivo para el lector contemporáneo: la representación de la prensa escrita como espacio de sociabilidad, controversia e incluso humor. El capítulo dedicado a la chismografía del periodismo trujillano exhibe a un autor capaz de mirar con agudeza y sorna el pequeño teatro mediático de su tiempo. Al hacerlo, deja estampas de periodistas, directores e intelectuales, incluso del propio César Vallejo.
Y, como si ello fuera poco, las imágenes que acompañan esta reedición dialogan con el texto de modo fecundo. No se ha optado por reiterar el repertorio consabido de apellidos ilustres y fotografías ceremoniales, sino por incorporar registros de sectores populares, además de grabados y de materiales de época cuidadosamente escogidos. Esa decisión visual, junto con el estudio preliminar de Erika Caballero y el plano topográfico de Trujillo levantado por Mariano Paz Soldán, propician una experiencia de lectura más abierta y viva.
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Pensar la ciudad
Lo que nos deja esta reedición es una invitación a pensar la ciudad como espacio de memoria que no debe quedar en manos del abandono ni de la violencia. “Las viejas calles de Trujillo” nos obliga a preguntarnos cuánto ha cambiado nuestro espacio común y cómo hemos llegado a esta intemperie cívica. Por eso, su publicación resulta muy oportuna.
Debo decir que este libro de Santiago Vallejo, ahora devuelto al espacio público con rigor y sensibilidad, merece encontrar nuevos lectores y suscitar nuevas conversaciones. Más allá de su interés histórico o patrimonial, aquí hay una lección de escritura y también una alerta sobre la ciudad que habitamos. Celebremos, entonces, esta reedición como lo que es: un acto cultural de memoria crítica.
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