Al concluir la celebración de la Semana Santa cobran especial atención determinados aportes que adquieren significado especial y trascendente, como los trabajos del distinguido médico pediatra, profesor universitario y riguroso investigador, especialmente de temas históricos, Emiliano Paico Vílchez. Desde luego, él es también un convencido creyente cristiano y católico, actitud que la ha volcado en valiosos libros resultados de sus serias y exhaustivas investigaciones, como la que reseñamos y comentamos en esta oportunidad y que está contenida en su extraordinario libro “La medicina y la religión: más cerca que nunca”.
LANCIANO
Lanciano es una pequeña ciudad de Italia ubicada en la provincia de Chieti, región Abruzos, muy cerca de las costas del mar Adriático. Está situada sobre los vestigios de la milenaria población de Anxanum, habitada antiguamente por los fretanos en el siglo XII antes de Cristo.
El antiguo nombre de Lanciano fue Anxa, que con el tiempo se transformó en Lanzanum, palabra que recuerda y alude a la lanza, la misma que figuraba en el escudo de la ciudad y que se refería a la participación de los lancianos; es decir, de los habitantes del lugar, durante las campañas de las cruzadas; pero también porque, según la tradición, el soldado que traspasó con su lanza el costado de Jesús cuando estuvo crucificado, se llamó Longinus (o Longino), también natural de Lanciano.
Precisamente, en la iglesia de San Legonziano (hoy llamada San Francisco) sucedió el primer y más trascendental de los milagros eucarísticos, y precisamente es allí donde desde hace más de 12 siglos se custodia y venera la hostia convertida en carne y el vino en sangre. Por ese motivo, en la ciudad de Lanciano muchos creyentes han encontrado o renovado su fe en la sagrada eucaristía, al mismo tiempo que otros creyentes han incrementado su fe.
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EL MONJE PROTAGONISTA
En realidad, no se conoce el nombre ni los demás datos biográficos del monje que experimentó personalmente la extraordinaria visión y respuesta ante la duda que lo agobiaban. Solo se conocen dos aspectos primordiales de su vida y de la experiencia que vivió.
El mencionado fraile pertenecía a un pequeño grupo de monjes orientales basilianos que habían llegado a Lanciano como prófugos migrantes ante la persecución dispuesta por el emperador León III, quien, a partir del año 726 desencadenó una feroz e incesante lucha contra el culto a las imágenes sagradas, lo que obligó a muchos monjes al exilio.
Precisamente, a estos monjes, que llegaron al pueblo de Lanciano, como muestra de cariño se les entregó la administración y cuidado de la pequeña iglesia de San Legonziano (o San Longino).
Se sabe también que el monje mencionado, a pesar de ser un sabio y gran dominador de los temas religiosos, llegó también a experimentar determinadas dudas de que en la hostia sagrada estuviera el verdadero cuerpo de Cristo, y también de que el vino de la celebración eucarística contuviera la sangre cristiana; sin embargo, constantemente rogaba a Dios que le librara de la duda que cada vez, con mayor persistencia, le estaba envenenando el alma. Por eso sufría día tras días y su sacerdocio se iba convirtiendo en una rutina que le iba destruyendo poco a poco; entonces la celebración de la misa se iba convirtiendo en un acto de rutina sin valor ni importancia.
EL CONTEXTO HUMANO Y SOCIAL
Pero la experiencia que vivía el monje no era exclusivamente suya, pues varios sacerdotes y obispos también eran víctimas de herejías, las cuales infestaban la iglesia por todas partes. En lo fundamental, varias de esas herejías negaban la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía; por eso, en ese ambiente, tenso y de duda, el monje experimentaba su propio suplicio.
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LA REVELACIÓN
Entonces, Dios, Padre de misericordia y de todo consuelo, se complació en sacar a su ministro de la brumosa oscuridad y de las dudas que lo atormentaban. Por eso, cierta mañana del año 750, mientras el monje celebraba la santa misa, sintió que la duda lo agobiaba más intensamente que nunca; pero, inmediatamente después de pronunciar las palabras propias de la consagración, pudo observar el hecho incomparable e inexplicable de que la hostia se transformaba en carne, al mismo tiempo que el vino se convertía en sangre.
Ante ese extraordinario y maravilloso acto, el celebrante experimentó un gozo único, indescriptible e incomparable de amor y agradecimiento. Desde entonces, eliminó todas sus dudas y cumplió su vocación sacerdotal con fe inquebrantable en la presencia del cuerpo y la sangre de Jesucristo en el acto trascendental de la consagración.
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INVESTIGACIONES CIENTÍFICAS
En noviembre de 1970 los padres franciscanos de Abruzos, con autorización del Papa Paulo VI, decidieron someter a exámenes científicos la sangre y carne del mencionado milagro. La tarea fue encomendada al doctor Eduardo Linoli, profesor de Anatomía, Histología, Química y Microscopía clínica. Colaboró también el doctor Ruggero Jertelli, de la Universidad de Siena, también de Italia.
Entonces, el 4 de marzo de 1971, Linoli presentó los resultados de sus investigaciones científicas. Las conclusiones fueron categóricas: El tejido de la antigua carne de Lanciano pertenecía a un corazón sano.
Los estudios microquímicos han arrojado también resultados contrastantes comparando la muestra en estudio y la sangre humana disecada; la prueba realizada, tanto en la muestra del examen como en otras muestras de referencia, demostró la real naturaleza sanguínea de la sangre de Laciano. La prueba resultó válida y confirmó la validez de los exámenes anteriores; asimismo, las pruebas médicas han comprobado que la sangre y la carne plasmadas durante la celebración eucarísticas pertenecen a la especie humana.
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