"Se necesita instalar el debate más allá de soluciones fáciles. Cambiar el diseño institucional". Foto: César Campos/GEC
"Se necesita instalar el debate más allá de soluciones fáciles. Cambiar el diseño institucional". Foto: César Campos/GEC

En medio de la creciente ola de crímenes que golpea al Perú, la extorsión se ha convertido en el delito que enluta diariamente a miles de familias. Según cifras oficiales de la Policía Nacional del Perú, en lo que va del año se han reportado más de 2000 denuncias relacionadas con este grave ilícito. Sin embargo, existen otras miles que no se denuncian por temor.

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Ante este escenario, una detallada investigación del especialista en seguridad Julio Corcuera Portugal, en su reciente publicación “Extorsión, el negocio del miedo”, bajo el sello Aguilar de Penguin Random House, revela cómo la extorsión dejó de ser un delito aislado para convertirse en un sistema que opera con reglas propias, con la tecnología a su favor y con una preocupante legitimidad social.

“La extorsión es la pandemia de la postpandemia. La tecnología postpandemia ha terminado siendo una herramienta para que el estafador logre su cometido”, detalla Julio a Correo.

Usted señala que este fenómeno no es reciente. ¿Cuándo comienza a advertir su expansión?

Cuando digo hace años, la primera vez que supe de esto sería el 2004, más de 20 años atrás. Muchas veces ni siquiera el extorsionador puede hacerle daño a la gente, pero sí le genera miedo, y el miedo se vuelve el aliado del crimen.

¿En qué momento el Perú permitió que este crimen se convirtiera en un sistema organizado?

Hay dos momentos: el inicial en el norte del país y el gran momento postpandemia. La pandemia tuvo mucho que ver por la digitalización, el uso masivo de internet y las billeteras electrónicas. El extorsionador se vale de chips que se venden como caramelos y que no tienen nombre. Para cobrar el cupo no tiene que exponerse ni tocar la puerta.

Entonces, ¿qué papel debe cumplir el Estado?

Si el extorsionador usa chips que encuentra con facilidad y billeteras digitales para cobrar, tenemos que cortar la venta de esos chips y controlar que esas billeteras no se usen para eso. La seguridad no es solo policial. Tenemos operadores telefónicos, sector privado, empresas identificables. Si una billetera está a nombre de una persona fallecida, eso debe corregirse.

Muchos ciudadanos pagan por miedo. ¿Cómo se aprovechan los delincuentes de eso?

Hay organizaciones como las del “Monstruo” o el “Jorobado” que extorsionan, pero también hay aventureros. ¿Quiénes son los aventureros? Cualquier joven que no pertenece a una organización criminal y manda mensajes masivos diciendo que pertenece a tal grupo para generar miedo. Envían mil mensajes y si veinte responden con temor, esas veinte son víctimas.

En el libro también habla de la normalización del crimen en redes sociales...

Algunas organizaciones tienen TikTok, Instagram. El crimen ya no se esconde. Lo más llamativo es que parece tener legitimidad entre algunos jóvenes. Si alguien compra una polera de una organización criminal por cien soles es porque hay algún tipo de legitimidad simbólica. Eso habla de nuestra sociedad. Hay personajes vinculados a delitos que son íconos juveniles. Eso es grave.

¿Qué consecuencias tiene esa normalización?

Son terribles. Cuando el crimen controla territorialmente una zona, influye en elecciones. Si controla un distrito, puede poner condiciones. No enfrentamos un problema de seguridad ciudadana, sino de seguridad nacional. La viabilidad del Estado está en juego.

¿Qué ha fallado?

Ha fallado todo: voluntad política, estrategia, estabilidad. Erick Moreno Hernández, “el Monstruo”, lideró sindicatos del Cono Norte desde 2020 hasta su detención en 2025. En ese tiempo vio pasar seis presidentes, doce comandantes generales de la Policía, dieciséis presidentes del Consejo de Ministros y veinticuatro ministros del Interior. La estabilidad del líder criminal fue mayor que la de la alta política peruana. Así no se puede sostener una política pública seria.

¿Cuál debería ser el giro en la estrategia?

Primero, hay que reconocer que el sistema actual no sirve. Segundo, reconocer la magnitud del problema. Y tercero, orientar la lucha contra los recursos económicos del crimen. Hay que quitarles el dinero. Si detienen a un sicario, contratan otro. Si les quitan armas, compran más. Pero si les quitan el dinero, pierden capacidad de corrupción y violencia.

Solo al “Monstruo” se le calculan utilidades superiores a 25 millones de soles anuales y al menos once empresas fachada.

El principio internacional es “follow the money”. Seguir el dinero. En Italia existe la Guardia di Finanza dentro del Ministerio de Economía. No es solo tarea policial.

¿Es un problema también académico?

Sí. ¿Dónde estudia en el Perú alguien que quiera especializarse en combatir el crimen? Tenemos muchas universidades, pero no necesariamente más investigación.

Se necesita instalar el debate más allá de soluciones fáciles. Cambiar el diseño institucional.

¿Qué hacer con políticos vinculados al crimen?

No hay que ser ingenuos. Hay políticos investigados o vinculados. Eso merece sanción y repudio. Pero también hay responsabilidad del elector.

Tenemos un proceso electoral complejo y poco comprendido. Si nosotros no lo entendemos bien, imagine la señora del mercado o el cobrador de combi.

Si no se toman decisiones urgentes, ¿qué país seremos en cinco años?

Un país inviable, gobernado por el crimen. La democracia misma está en juego.

Además, no olvidemos que operan organizaciones transnacionales como el Tren de Aragua, el Primer Comando Capital, el Comando Vermelho, el Cártel Jalisco Nueva Generación y grupos albaneses. El problema es más serio de lo que parece.

SOBRE EL AUTOR

JULIO CORCUERA, Abogado

Magíster en Ciencia Política y Relaciones Internacionales por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Tiene una especialización en Estrategia y Políticas de Defensa en Washington. Es autor de diversas publicaciones sobre violencia, crimen y narcotráfico.

2018 ocupo el cargo de ex- viceministro de Seguridad Pública.

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