Michael Hurtado es matemático, tecnólogo, artista de nuevos medios y poeta. Es investigador en poesía electrónica, becario del programa FabLearn de la Universidad de Columbia, coeditor de la Antología de Literatura Electrónica Latinoamericana Lit(e)lat volumen 2, organizador de la 3ra. Jornada Internacional de Poesía Visual y codirector de Masmédulab, laboratorio dedicado a la exploración de la poesía y los nuevos medios. Participó en el IV Encuentro Internacional Vallejiano: Espergesia 2026 (UCV), donde brindó la conferencia “Intensidad y Altura: Las matemáticas de la poética de Vallejo”. Comparto la entrevista:
Interpretas los números de Haeckel a Trilce. ¿Cómo incide en la formación científica de Vallejo?
En 1911, a los 19 años, César Vallejo se matricula en la Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Lima). Lleva cursos de anatomía, fisiología, antropología, física, botánica, química y dibujo. No termina esa formación, pero el dato sigue siendo significativo: antes de ser leído como poeta de la ruptura, Vallejo fue también un estudiante expuesto a lenguajes de observación, medida y clasificación. Poco después, en Trujillo, recibe como premio al mejor desempeño en Filosofía Objetiva, un libro de Ernst Haeckel: Los enigmas del universo. Rodolfo Mata ha mostrado la importancia de ese detalle. Haeckel —biólogo alemán— propone una visión monista: materia y energía como atributos de una misma sustancia, universo infinito, movimiento cíclico y negación del dualismo entre alma y cuerpo. En ese contexto, César Vallejo entra en contacto con una mirada científica del mundo. Pero en Trilce desvía ese lenguaje: el número ya no solo ordena la realidad, sino que revela los límites de toda medida.
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Advertimos la aritmética operatoria de Trilce: del 0 al ∞. ¿Anuncia el título como operación numérica?
“Trilce” es un libro que ya empieza a pensar numéricamente desde el título. Juan Larrea observó que, así como de “duple” se pasa a “triple”, o de “dúo” a “trío”, Vallejo habría sentido oportuno pasar de “dulce” a “Trilce”. Más allá de la exactitud filológica de esa intuición, la observación sigue siendo fértil: el título sugiere progresión, torsión y desvío. Del dos al tres. De la armonía binaria a una inestabilidad triádica. A esa línea se suma Federico Bravo, quien estudia el título como problema verbal y propone una hipótesis ligada a la cifra 77: el nombre del libro no solo sería una invención léxica, sino también una palabra tensada por la serie que organiza sus 77 poemas numerados. El número no solo aparece dentro del texto: organiza el modo mismo de presentarlo.
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Explícanos tu investigación del número como símbolo al número como operación.
Dentro de Trilce, los números no forman una decoración dispersa, sino una constelación conceptual. El 0 roza el silencio anterior al ser: “Pues no déis 1, que resonará al infinito. / Y no déis 0, que callará tanto, / hasta despertar y poner de pie al 1” (Trilce V). Aquí el cero no es una nada inerte, sino una reserva de silencio; el uno, una forma mínima de aparición. El 1 concentra demos la existencia individual y su precariedad: “acerco el 1 al 1 para no caer” (Trilce XX); “quiero reconocer siquiera al 1, / quiero el punto de apoyo, quiero / saber de estar siquiera” (Trilce XLIX). El 2 abre la escena de la pareja y la reproducción. Y aquí aparece una de las operaciones más reveladoras de Vallejo: el erotismo se formula como “multiplicando a multiplicador” (Trilce IX). No es metáfora ornamental. Es una reducción deliberada del deseo a una mecánica aritmética que, en el mismo gesto, vuelve extraña esa mecánica. La crítica ha leído estos números como símbolo; mi propuesta es leerlos también como operación.
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¿Y en la narrativa vallejiana has identificado al número como límite del conocimiento?
Las prosas de Cuneiformes permiten dar un paso más. Allí Vallejo plantea una pregunta de enorme densidad filosófica: ¿cómo fijar el momento exacto en que el 1 deja de ser 1 y empieza a ser 2? La pregunta parece mínima, pero abre una grieta decisiva: la exactitud matemática constituye el ideal del conocimiento y, sin embargo, no alcanza para capturar el instante vivo de la transición. Vallejo no desacredita las matemáticas. Las toma como paradigma de precisión y, precisamente por eso, las usa para mostrar su insuficiencia ante ciertos umbrales de la experiencia. Este es el gesto definitorio de su poética: llevar el instrumento hasta el punto en que el instrumento confiesa sus límites.
¿Qué otra relación con los números encontramos en Trilce?
Trilce está atravesado por cifras de procedencia científica y técnica: horas exactas (“las 24 en punto parados”, Trilce XXIII), grados geométricos (“los eternos trescientos sesenta grados”, Trilce LIII), unidades de calor (“999 calorías”, Trilce XXXII) y números anatómicos (“veintitrés costillas que se echan de menos”, Trilce XLI). Enrique Ballón agrupó este procedimiento bajo la idea de un “barroco industrial”: un culteranismo moderno donde el léxico técnico reemplaza al ornamento arcaizante. Lo relevante es que, dentro del poema, esas cifras dejan de funcionar como signos perfectamente estables. Siguen siendo números, pero adquieren espesor existencial. No cancelan su precisión; la ponen a temblar. En Vallejo, la cifra no es solo significado: también es forma, ritmo, disposición, choque y exceso.
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