"Los ciegos hacen como siempre hemos hecho en Latinoamérica, en Perú, en México: tenemos nuestras tragedias, pero bromeamos con ellas". Foto: Antonio Melgarejo / GEC
"Los ciegos hacen como siempre hemos hecho en Latinoamérica, en Perú, en México: tenemos nuestras tragedias, pero bromeamos con ellas". Foto: Antonio Melgarejo / GEC

Todo comenzó con una breve referencia en un compendio de historia universal. David Toscana encontró allí la mención de 15,000 soldados a quienes, tras perder la batalla de Klyuch, en el siglo XI, les arrancaron los ojos y fueron enviados de regreso a casa. La historiografía apenas decía qué ocurrió después.

La ausencia de respuestas terminó convirtiéndose en el punto de partida de “El ejército ciego” (Premio Alfaguara de novela 2026), una novela que el escritor mexicano decidió alejar de la reconstrucción histórica estricta para dar a sus personajes libertad, dignidad y, también, espacio para el humor negro.

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“Mil años y nadie ha contado esta historia tan fascinante”, recuerda Toscana sobre el momento en que descubrió que ningún novelista búlgaro había llevado aquel episodio a la literatura.

En su libro, los propios ciegos cuentan lo que les ocurrió y convierten la tragedia en una leyenda que se transforma a medida que pasa de boca en boca. Pero detrás de esta historia de soldados derrotados hay también una reflexión sobre el lugar que ocupa la derrota en la literatura.

¿Qué posibilidades encuentra un novelista en los vacíos que deja la historia?

Para los novelistas la historia es muy importante. Buena parte de la literatura surge porque estamos leyendo a los historiadores. Y claro que nos damos cuenta de que los historiadores no pueden imaginar mucho. Tienen que estrictamente contarte lo que ellos consideran la verdad de aquello que tienen pruebas o testimonios, al menos.

Nosotros, como novelistas, sí podemos salirnos de ahí. Cualquier hueco que encuentres donde no hubo documento, donde no hubo testimonio, donde hay más relaciones personales que razones de Estado, el novelista puede imaginar.

Hay muchas posibilidades donde el novelista imagina, pero a veces imagina con suficiente conocimiento como para acercarse a la verdad.

¿Entonces cuánto investigas antes de escribir una novela como esta?

Muchísimo. Tengo que leer mucho sobre aquella época para situar a mis personajes. Pero todo eso me lo trago y no se lo doy al lector porque no es una novela con intenciones históricas.

Si esta fuese una novela histórica, pasaría muchas páginas describiéndote cosas. Te diría cómo eran las armas, cómo iban en los caballos, cómo iban enjaezados, cuáles eran las estrategias militares de aquella época, cómo se desarrollaba una batalla, si se ponía una empalizada para defenderse, qué tipo de flechas usaban, qué arcos.

En la novela hay momentos muy oscuros, pero también aparece el humor negro. Por ejemplo, cuando los ciegos juegan a engañar a los cuervos. ¿Cómo equilibras ese humor con una tragedia como la que viven los personajes?

No existe la burla porque la historia está narrada por los propios ciegos. Y uno tiene completo permiso para bromear sobre su propia situación.

Los ciegos, una vez que pasan por la tragedia de que les saquen los ojos, poco a poco empiezan a asimilar su realidad y finalmente pueden jugar con ella, pueden bromear, pueden hacer algún comentario que despierte esto que tú dices que es el humor negro.

Una de las claves que tuve para saber cómo se cuenta esta historia fue precisamente saber que los propios ciegos la tenían que contar. No podía tener yo un narrador que hablara de esto, porque entonces el narrador sí parece que se burla.

Los ciegos no. Los ciegos hacen como siempre hemos hecho en Latinoamérica, en Perú, en México: tenemos nuestras tragedias, pero bromeamos con ellas.

Si viene un gringo a burlarse de nosotros, entonces no tiene tan buena acogida como cuando nosotros lo hacemos. Es natural, en el ser humano, aligerar la carga de tus problemas con algo de humor.

ESCRITOR MEXICANO DAVID TOSCANA. FOTO: ANTONIO MELGAREJO / GEC
ESCRITOR MEXICANO DAVID TOSCANA. FOTO: ANTONIO MELGAREJO / GEC

¿Ese humor también funciona como una forma de resistencia?

Es una resistencia, por supuesto. Por eso yo menciono que más que la historia de los ciegos termino contando la leyenda de los ciegos, porque ellos van contando su historia, pero la van cargando con algunos detalles que quizás sean exagerados, quizás sean más heroicos de lo que en realidad ocurrió. A veces pueden ser incluso más trágicos.

Pero ya sabemos que cuando se va contando una historia y se va pasando de boca en boca se va deformando. Y ese es el origen de las leyendas: no sabemos exactamente lo que ocurrió, pero sí sabemos cómo se terminó contando esa historia.

La novela pone la mirada en los vencidos y los mutilados. ¿Qué descubres sobre el ser humano cuando decides mirar a quienes perdieron?

La idea de que la historia la escriben los ganadores es una idea sobre la historia, no sobre la literatura.

La literatura la obra más antigua que nos ha sobrevivido de los dramáticos, Los persas, es la historia de los derrotados. Los persas invadieron Grecia, fueron derrotados completamente en la batalla de Salamina y Esquilo nos cuenta el regreso a casa, el regreso como lo ven los persas: la madre que llora, las viudas y todo este drama que tiene que ver con los derrotados.

Desde nuestros orígenes nos ocupamos de la derrota porque la literatura necesita esto.

Es muy bonito aplaudirle los goles a Messi, pero los triunfadores no hacen novelas. Necesitas al perdedor, al borracho, al tuberculoso, al enfermo, al infiel, al que está en prisión, al que va a la guerra, a todo lo que no queremos en nuestra vida. Eso lo necesitamos.

Porque también aprendemos de esas experiencias que no queremos vivir...

En parte sí. Siempre decimos que uno aprende de los errores. Uno aprende de cuando te equivocas, de cuando te pasa algo malo.

Uno puede ser muy confiado llevando su celular en la bolsa de atrás, pero el día que me lo robaron ya sé que no lo vuelvo a ser. Es un ejemplo bastante banal, pero así es como ocurre.

Cuando te acercas a la literatura también aprendes de esto. Aprendes de la guerra, de la muerte, de la enfermedad, sin importar que la novela al final pueda tener un final feliz o un final triste.

En la novela también puede encontrarse una metáfora sobre la ceguera. ¿Pensaste en algún momento que estos hombres que pierden los ojos podían representar a sociedades que ven, pero no quieren mirar lo que sucede?

Hay muchas metáforas en la Biblia, la idea de la luz, de la verdad... Pero estas son metáforas. Acá estamos hablando de algo físico, que es una ceguera física, y quise pensarlo como tal.

Yo sé que las novelas siempre van más allá de las intenciones del autor, pero como autor no me quise poner a jugar con eso. No quise construir una metáfora deliberada.

Pero sé que por ahí tiene que estar si lo ve un lector de ese modo.

Las novelas salen mejor cocinadas cuando no tienes segundas intenciones, que cuando dejas que todas esas intenciones las ponga el lector.

Algunos me dicen que ven la crueldad de Basilio II y lo relacionan con Trump. Si piensas en Trump está bien, pero yo solo quise hablar de Basilio II.

Cada lector tiene su lectura. Si alguien me dice: “Yo vi esto”, le digo: “Si lo viste es porque está”. Eso es lo rico de las novelas: que cada lector tiene su lectura.

ESCRITOR MEXICANO DAVID TOSCANA. FOTO: ANTONIO MELGAREJO / GEC
ESCRITOR MEXICANO DAVID TOSCANA. FOTO: ANTONIO MELGAREJO / GEC

¿La literatura reinventa la realidad?

No sabría responderlo porque tengo mucho tiempo preguntándome qué es la realidad y no acabo de entenderlo.

Creo que, si vamos a lo básico, lo que entendemos como realidad, la lectura es una realidad. Leer es algo que nos ocurre.

¿Por qué voy a pensar que la conversación contigo es algo real y la conversación con un libro no es parte de la realidad?

Entonces, la lectura es realidad y podrá hablarnos como espejo de otras realidades. Pero yo me meto en estos asuntos que te digo que no entiendo bien.

Y no es que yo no lo entienda bien, es que la filosofía tiene 2500 años queriendo saber qué es la realidad y no llegan a un acuerdo.

En tus novelas siempre hay una investigación detrás. ¿Nunca te ha tentado dejar la historia y volcarte hacia la autoficción?

No siento que tenga ningún interés mi vida para los lectores. Y partiría de que ni siquiera tengo interés en contarla.

Por supuesto que la obra literaria tiene que pensar hasta el final en el lector. Entonces, si yo estuviera muy emocionado conmigo mismo, quizás escribo esta autoficción y, si después nadie la quiere leer, yo diría: “Pues yo hice lo que tenía que hacer”.

Pero yo parto de que ni siquiera me entusiasma.

Para mí, la novela, lo que me hace escribirla, tiene mucho que ver con que yo descubra cosas.

Y ese descubrir cosas me manda muchas veces al pasado. Entonces, mis novelas ocurren en algún pasado en el que difícilmente había yo nacido.

Tengo novelas que ocurren en el año 71, tengo novelas del 45 durante la Guerra Mundial, tengo una novela de hace 2000 años, tengo esta que es de hace 1000 años.

Y para mí, lo que funciona como motor para tener un proyecto y que me tiene que mantener entusiasmado durante los tres o cuatro años que dura la escritura es esta investigación, estas lecturas.

Para esta novela, aunque no parezca, se lee teología, se lee filosofía, se lee historia. Empiezas a leer un montón de cosas.

Si voy a poner simplemente una frase sobre los iconos, me tengo que leer antes varios libros sobre el arte de los iconos, visitar museos de iconos y entender un poquito para entonces escribir.

¿Cómo decides qué información de toda esa investigación entra finalmente en la novela?

Los novelistas debemos evitar la tentación de ser historiadores.

Hay una historia apasionante que no está tampoco aquí en la novela, más que sugerida, y es el nacimiento del lenguaje y del alfabeto cirílico. Es una historia muy bonita, pero no era parte de la novela, entonces no está escrita.

Por mucho que nos fascine la historia, por mucho que estemos enamorados de tantas cosas que descubrimos en el proceso de la escritura, hay que decir y hay que pensar cuál es el alcance de mi novela.

¿Dónde estoy metiendo datos que son interesantes, pero que no funcionan dentro de la novela?

Pienso en la novela como una sinfonía. Tiene que sonar todo, tiene que haber armonía. Y no porque de pronto me enamore yo de la trompeta, suelto un trompetazo en medio de información que no funciona.

Me gustaría volver a una idea que aparece en la novela y que me parece muy interesante: ¿puede la imaginación ser una forma de justicia?

Ay, qué pregunta tan difícil.

La imaginación una forma de justicia... Yo creo que podría serlo.

No estoy hablando estrictamente de la justicia de la ley. Tú tienes un juez porque cometiste un delito y tienes un juicio. Ahí importa la ley.

Pero, por supuesto, tanto la historia deja huecos como la ley deja huecos. Hay muchas situaciones donde, en un acto de justicia, tú tienes una visión de los hechos y la otra parte tiene otra.

Entonces, me dejas meditando, pero sin respuesta, si la imaginación es parte de la justicia.

Después de escribir sobre la ceguera física, ¿cuál crees que es la verdadera ceguera en la que estamos inmersos como sociedad?

Para hablar paradójicamente, creo que buena parte de la ceguera es confiar mucho en los ojos.

Tenemos un modo de vida que hace muchos llamados a los ojos. Mucha gente dedica demasiado tiempo a estar delante de una pantalla que le da imágenes: imágenes en series de televisión, películas, noticieros.

Incluso hay muchas noticias que no son noticia salvo porque hay una imagen. A nadie le interesa que algo ocurrió en Pakistán salvo porque tenemos las imágenes.

Entonces vemos un autobús que se voltea en una sierra de Pakistán, pero como noticia la tenemos solo porque hay una imagen.

La imagen está demasiado presente.

La literatura abre un libro y ve palabras. No estás viendo la imagen; si acaso hay alguna imagen, te la haces tú en la cabeza.

La literatura es un arte para ciegos. Los ciegos pueden tocarla con Braille y leer palabras, pero eso no quiere decir que estás viendo lo que ocurre.

En ese sentido, la lectura es un antídoto contra tanta imagen, contra TikTok, que me parece de lo más enfermizo que ha ocurrido últimamente en el mundo.

Te lo dice alguien que no tiene televisión, que no tiene redes sociales, que vive más o menos con los ojos puestos en las palabras.

Por supuesto que los ojos son importantes: ir a museos, ver artes plásticas. Pero, volviendo a tu pregunta, creo que la ceguera de nuestro tiempo es confiar demasiado en la vista.

SOBRE EL AUTOR

David Toscana, Monterrey, México, 1961

Formó parte del International Writing Program de la Universidad de Iowa y del Berliner Künstlerprogramm. Ha sido galardonado con los premios José María Arguedas, Antonin Artaud, Colima, José Fuentes Mares, Xavier Villaurrutia, Elena Poniatowska, Mazatlán y Bienal de Novela Mario Vargas Llosa. Su obra ha sido traducida a diecisiete lenguas.

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