La reedición conmemorativa de ARANDO EN EL MAR, publicada en 2026 por Nectandra a treinta años de su aparición original (1996), invita a volver sobre un libro que —lejos de agotarse en su tiempo— parece dialogar con las inquietudes más urgentes del presente. El escritor liberteño Ángel Gavidia construye en este poemario una propuesta estética marcada por la tensión, la contradicción y una profunda reflexión sobre la existencia humana frente a su posible desaparición.
Desde sus primeras páginas, el libro ofrece al lector un campo interpretativo abierto y complejo. Por un lado, se percibe una mirada alentadora, casi obstinada, que insiste en encontrar sentido y esperanza incluso en medio de circunstancias adversas. Por otro lado, emerge una lectura trágica y pesimista que se instala en el miedo: la posibilidad de que la naturaleza, las plantas, las rocas y toda forma de vida desaparezcan en cualquier momento: “Las piedras, los manantiales, los peces, las cucardas, los más ocultos árboles, pagarán por nosotros, por dejarnos crecer, por ayudarnos, por no impedir a tiempo la malvada neurona procreando”. Esta dualidad no solo estructura el contenido del poemario, sino que también define su tono y su fuerza expresiva.
LA METÁFORA DE ARANDO EN EL MAR
El título mismo, ARANDO EN EL MAR, funciona como una metáfora central que condensa una contradicción. Arar, una acción asociada al cultivo, al trabajo productivo y a la esperanza de cosecha, se enfrenta aquí a un espacio improductivo como el mar, donde las olas no dejan surcos ni memoria del esfuerzo. Desde esta perspectiva, el acto resulta absurdo, inútil, casi desesperado. Sin embargo, también puede leerse como una declaración estética y ética: persistir, seguir intentando, no renunciar a la acción ni a la palabra, incluso cuando todo parece indicar que el esfuerzo será en vano. En esa tensión entre lo absurdo y lo esperanzador se instala gran parte de la potencia del libro.
El crítico Carlos Pérez Urrutia ha señalado con acierto que este poemario “inevitablemente mueve al lector; lo interpela y lo sacude”. Y es precisamente esa capacidad de conmoción la que define la experiencia de lectura. A lo largo de sus páginas, el sujeto lírico recorre imágenes intensas, metáforas que no solo construyen belleza, sino que también revelan momentos trágicos y dolorosos. El ser humano aparece confrontado con su fin, con la conciencia de su fragilidad y con la inevitabilidad de su desaparición. No se trata de una reflexión abstracta, sino de una experiencia emocional que atraviesa al lector; “el musgo lactando de los pechos de la piedra, tan callado, tan verde, tan pequeño, sin hacer daño a nadie (…) ha de caer también acribillado”.
En esa misma línea, el escritor Carlos Santa María sostiene que un buen poema deja versos memorables, capaces de habitar en la memoria. ARANDO EN EL MAR cumple plenamente con esta premisa. Sus versos, a la vez sencillos y profundos, poseen una cualidad evocadora que los hace persistentes. En particular, hacia el final del poemario, aparece un verso que alude a la soledad con una fuerza tal que resulta difícil de olvidar: “También morirá la soledad o, eterna como es, quizás escape a la hecatombe y sea la viuda de los hombres vagando por el cosmos”. Esa capacidad de condensar emociones complejas en imágenes precisas confirma la solidez de la propuesta poética de Gavidia.
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EL POETA Y EL SUJETO LÍRICO
No obstante, la lectura del poemario también genera una inquietud crítica que vale la pena destacar. Como lector soy consciente de la evidente distinción entre el poeta de carne y hueso y el sujeto lírico que habita el texto. Sabemos que este último es una construcción, una voz configurada desde la subjetividad, las emociones y el pensamiento del autor. Sin embargo, la intensidad de los temas abordados —la ruina del mundo, el fin de la humanidad— hace inevitable preguntarse por las circunstancias personales, históricas y sociales que llevaron a Gavidia a escribir estos poemas. ¿Qué experiencias, qué contextos, qué temores alimentaron esta visión tan radical? La obra no ofrece respuestas directas, pero sí deja abierta la interrogante, enriqueciendo así su lectura.
Finalmente, ARANDO EN EL MAR deja una reflexión que trasciende lo literario. Aunque la visión del mundo que propone puede ser leída desde el pesimismo —la idea de que no hay marcha atrás frente a la destrucción—, también sugiere que la poesía sigue siendo una forma de resistencia. En medio de una realidad absurda, la palabra poética se abre paso como un acto de persistencia, como un gesto que, aunque aparentemente inútil, se niega a desaparecer. Así, el acto de “arar en el mar” se convierte en una metáfora de la propia escritura: un esfuerzo que desafía lo imposible y que, precisamente por ello, encuentra su sentido.
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