La denuncia de un adolescente de 16 años, quien señaló haber sido víctima de una presunta agresión sexual por parte de compañeros del colegio Liceo Naval Almirante Guise, ubicado en el distrito limeño de San Borja, volvió a poner en el centro del debate la necesidad de prevenir y detectar oportunamente las distintas manifestaciones de violencia escolar.
A este caso se sumaron declaraciones de la docente Giovana León, quien aseguró que durante los últimos años se habrían registrado diversos episodios de bullying dentro del plantel. Así, las circunstancias denunciadas deberán ser esclarecidas por las autoridades correspondientes.
Más allá de un caso particular, especialistas en comportamiento infantil y adolescente señalan que la violencia escolar puede manifestarse mediante insultos, burlas, amenazas, exclusión, agresiones físicas, hostigamiento a través de redes sociales y otras conductas destinadas a intimidar o someter a otro estudiante.
¿Por qué un niño puede ejercer bullying?
No existe un único perfil del escolar que ejerce bullying. Las conductas agresivas pueden estar relacionadas con distintos factores personales, familiares y sociales. Por ello, los especialistas recomiendan evitar etiquetar al menor como una “mala persona” y, en cambio, identificar qué está provocando y reforzando ese comportamiento.
Entre las señales que pueden requerir especial atención se encuentran:
Necesidad constante de controlar o dominar: busca imponer su voluntad sobre otros mediante amenazas, órdenes o intimidación.
Dificultad para desarrollar empatía: puede mostrar poca capacidad para reconocer el impacto que sus palabras o acciones tienen sobre sus compañeros.
Sensación de superioridad: considera que está por encima de los demás o que sus necesidades deben tener prioridad.
Reacciones impulsivas: presenta frecuentes episodios de ira, enojo o frustración cuando las cosas no ocurren como espera.
Justificación de la violencia: puede minimizar las agresiones, responsabilizar a la víctima o considerar las burlas y humillaciones como algo normal.
Actitud desafiante: mantiene conflictos frecuentes con figuras de autoridad en casa o en el colegio.
Relaciones con entornos violentos: puede estar expuesto a modelos de comportamiento agresivo entre amigos, compañeros u otros espacios sociales.
Posesiones que no puede explicar: lleva dinero, juguetes u objetos que aparentemente pertenecen a otras personas y no puede explicar razonablemente su procedencia.
Estas señales, por sí solas, no significan que un niño sea agresor ni permiten diagnosticar una conducta de bullying. Lo importante es observar si se presentan de manera persistente y si afectan la convivencia con otros.
¿Cómo saber si existe un riesgo de conducta agresiva?
Los padres pueden prestar atención a la forma en que sus hijos reaccionan frente a los límites y los conflictos. Una baja tolerancia a la frustración, respuestas violentas ante desacuerdos, burlas constantes hacia compañeros o la aceptación de la agresión como una forma válida de resolver problemas pueden ser señales para intervenir.
También es importante observar qué ocurre en casa. Los niños aprenden mediante la observación de los adultos que los rodean. Por ello, los insultos, amenazas, humillaciones o castigos físicos utilizados habitualmente como mecanismos para resolver conflictos pueden convertirse en modelos de conducta.
Esto no significa que la violencia en el hogar sea la única causa del bullying. Se trata de uno de los posibles factores que deben ser evaluados junto con otros elementos personales, familiares, escolares y sociales.
Padres también deben revisar sus propias conductas
La prevención comienza en casa. Los adultos son modelos importantes para los niños y adolescentes, por lo que resulta fundamental prestar atención a la manera en que se habla de otras personas, se enfrentan los desacuerdos y se expresan las emociones.
Por ello, especialistas recomiendan enseñar a los menores a resolver los conflictos mediante el diálogo, establecer límites claros y mostrarles que expresar el enojo o la frustración no justifica agredir a otra persona.
Validar las emociones no significa justificar la violencia
Cuando un padre detecta una conducta agresiva, una reacción inmediata de rechazo o etiquetamiento puede dificultar la comunicación. En lugar de definir al menor como “malo”, es recomendable conversar sobre lo ocurrido, identificar qué sintió y explicar claramente por qué determinada conducta es inaceptable.
El objetivo es que el menor aprenda a expresar esas emociones sin recurrir a amenazas, humillaciones o violencia.
Colegio y familia deben trabajar juntos
Ante señales persistentes de agresividad, los padres pueden acudir al centro educativo y conversar con docentes, tutores y responsables de convivencia escolar. Compartir información permite conocer si el comportamiento también se presenta dentro del colegio y establecer estrategias coordinadas.
Si las conductas continúan o generan preocupación es conveniente solicitar la orientación de un profesional especializado en salud mental infantil o adolescente. Una evaluación profesional puede ayudar a identificar los factores asociados al comportamiento y establecer pautas de intervención.
Detectar tempranamente las conductas violentas no busca estigmatizar a un niño, sino intervenir antes de que el comportamiento cause un daño mayor y ayudar al menor a desarrollar herramientas para relacionarse con los demás de manera respetuosa y sin violencia.
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